Ladra pero no Muerde. Por: Luís Felipe Valencia Tamayo. Primer Premio Certamen Alenarte de Ensayo.


Primer Premio  Certamen Alenarte de Ensayo.

Ensayo autoría de:

Luís Felipe Valencia Tamayo.

 

 

luis-iEscritor,colombiano,catedrático de Literatura, con inquietudes por el arte y el periodismo. Premio de Cuento La Monstrua (Limbo Editorial, Guadalajara, Méxixo, 2007). Antología de cuentos El Camino de los mitos (Ed. Evohé, Madrid, España, 2007). Segundo premio en Certamen de cuento universitario 2006 (Universidad de Manizales, Manizales, 2006). Premio caldense de ensayo (Ed. Manigraf, Manizales, 2004).  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Ladra pero no Muerde. Por: Luís Felipe Valencia Tamayo.

Derramadas ya innumerables páginas de tinta sobre el arte, iniciando el siglo XXI persisten las inquietudes que cautivaron tanto a Platón como a Kant, a Goethe como a Deleuze, por supuesto con las distorsiones y los contextos propios de cada época. Siempre presuponiendo un papel del artista y su obra para el bien moral, para la satisfacción del Estado o sencillamente para el deleite hedonista, las teorías han ido de una vuelta a otra, y así como se estudian se contraponen. La perspectiva del arte, a diferencia de la perspectiva científica, no ha tenido como banderas ni el ideal de progreso ni el análisis de un método que permita hacer demostrables todas las hipótesis, así algunos hayan querido llevarla al mismo plano del sueño ilustrado. El arte se mantiene ahí, como una institución que se arma con ladrillos de distintos colores y se pinta con brochazos de variadas dimensiones, si bien el edificio no toma la forma convencional que se nos viene a la mente. Como dijo Goethe a su amigo Eckermann, “Los modernos sentimos la gran belleza de una obra puramente natural e ingenua; tenemos el conocimiento, el concepto de cómo ha de ser realizada, pero no somos capaces de hacerla; la razón domina todo, y no lograríamos prestarle esta seductora gracia”.

            Nuestras cátedras de arte y nuestras escuelas de bellas artes hoy pueden ufanarse de mantener tomadas de las riendas las tendencias más irreconciliables de la creación artística contemporánea. En manuales, en libros de historia, en actuales fundamentos de estética, podemos hacernos al repertorio de conceptos que tras cada generación ha dado los principios o valores supremos de la creación. Se revisa un capítulo dedicado a las musas que inspiraron a los amados griegos, las musas que hablaron al oído de Hesíodo; conversamos con teólogos y filósofos de la Edad Media para conocer sus divinas inclinaciones estéticas atravesadas por el ánimo de los concilios; perfeccionamos la forma de hacer retratos, de hacer que los ojos de un cuadro nos miren y que los hombros desnudos de una mujer nos seduzcan; nos sumergimos en las sombras, nos extasiamos con las luces; poco falta para que todo se ponga en movimiento y para que una explosión en la producción nos ponga a cualquier hora del día con la música que queremos oír y las imágenes que deseamos nos acompañen. El arte está ahí, sobre la mesa; se esconde en los diales, se importa y exporta en los portales de las páginas de internet que visitamos. Está ahí, y sin embargo, las respuestas sobre lo que él sea siguen tan esquivas y contrarias como si las confrontáramos en la misma Academia platónica.

            Aunque suenen y huelan a viejas, algunas respuestas pueden seducirnos mucho más que las del día de ayer y, de hecho, no es extraño que a algunos parezcan mucho más perdidos los posmodernitas que los filósofos medievales. Porque no es lo mismo decir que Galileo replantee la cosmología aristotélica ptolemaica a decir que Heidegger,  Deleuze o el mismo Walter Benjamin hayan replanteado a los clásicos. Las miradas sobre el arte se mueven como en una carrera de relevos que llevara a los mismos puntos de partida. Y si bien los teóricos actuales analizan las obras en consonancia con los retos artísticos que imponen nuevas técnicas y una nunca sospechada producción en masa, lo cierto es que las preguntas sobre lo que ocurre en el taller del artista siguen siendo las mismas. ¿Cuál es su verdad? O, a la manera kantiana, ¿cuáles son las condiciones de posibilidad de la obra de arte?, ¿Qué clase de conocimiento otorga del mundo? Las respuestas van y vienen desde diferentes corrientes como cuando en las primeras páginas de la novela El hombre que fue Jueves, dos de sus personajes discuten acerca de lo que esperan de la poesía. Mientras uno defiende a la poesía como sublevación, al poeta como “sublevado sempiterno”, el artista anarquista, el otro se pregunta qué clase de poesía tiene la sublevación, si no es acaso un simple vómito de un hombre descontento. “La enfermedad es una sublevación. Enfermar o sublevarse puede ser la única salida de situaciones desesperadas; pero que me cuelguen si es cosa poética. Lo poético es no enfermar”, adjunta el segundo personaje de la mano de Chesterton.

            Así las cosas, nos vemos en la situación de un arte que no conoce muy bien su situación y que por eso mismo confunde. Podemos enseñarles a nuestros niños a hacer bellos dibujos, a ser muy buenos intérpretes de un instrumento, a destacarse entre muchos otros niños porque logran hacer de la plastilina hermosas pequeñas obras, pero qué difícil es atenerse al precio de que cuando crezcan alguien pueda decirles que lo que han hecho no es en la actualidad arte. Que eso que han aprendido ha sido superado por nuevas corrientes estéticas que imponen otras perspectivas sobre el arte donde eso que antes era bello ya no lo es. ¿Acaso no es lo que ocurre? La magia de la innovación nos hace partícipes de un arte eminentemente conceptual, encerrado en la disertación del artista o en la interpretación del esteta, pero incomprensible sin estos acompañantes. Y es por eso que el papel que antes desempeñaban los concilios cristianos o las disertaciones de la Contrarreforma lo tienen ahora, de un lado, los conceptos, lo que parece esconderse muy oculto de lo que vemos; y de otro lado, los intereses del mercado.

            No es difícil entender eso de que la obra contemporánea lo es porque la entendemos tras un esfuerzo, la interpretamos -en sintonía hermenéutica-, o nos la explican -en una presentación con copas de vino, o con un glosario-. El otro lado de la situación tampoco es difícil de palparse cuando nos vemos sometidos a la idea de arte que el mercado impone o que, abanicada por la democracia, se acepta. El gusto es buen gusto cuando se vende, cuando todos se ven llamados a seguirlo. A despecho de obras de calidad, pasan por artísticas piezas que gustan a la mayoría o que deben gustarle a la mayoría, como la música que se repite en la radio o la película que no se cansa de agotar taquilla. El libro bueno no se valora más que en la medida de su éxito en las librerías, así se trate de reales flores de un día. Hemos caído en el sueño del hombre al que sólo le interesa que lo mantengan entretenido, no que lo animen a pensar o lo instiguen con cuestiones que resultan incómodas. Claro está, tampoco se trata de que el arte sea un código moral que aleccione; pero bien sentimos la diferencia entre la representación un drama shakesperiano y un actual stand up comedy. El deleite es también, en sí mismo llamativo, mas cuando se resalta que el artista piensa ahora en cómo deleitar se olvida por completo de que lo que sujeta al artista a un mundo completamente nuevo no es la complacencia de lo que los demás esperan cuanto el sentido de que crea para descargar de su propio ser aquello que lo subyuga y no le permite estar tranquilo. Medido por lo que esperan los demás, el artista se ofrenda a sí mismo a un mercado que prefiere un público menos culto y muy satisfecho con su forma de ser.

            Si las preguntas en torno al arte siguen sin responderse, lo cierto es que a aquellas preguntas de todos los tiempos se adjuntan otras tantas acerca de un mundo que ve al artista como un creativo de medios o un astuto manipulador de formas de entretenimiento, un hombre que no puede darse el gusto de asumir sus propios cuestionamientos porque ya no es necesario que se parezca a los clásicos -lo que lo hace muy aburrido- y, ante todo, porque hay un mundo que espera que lo hipnotice. No sabemos bien si ladra; bueno, y si ladra no es que muerda.

*La fotografía es autoría y propiedad de: Álvaro Cardona.*