Textos creativos de: Marianne Díaz Hernández.


Sintió miedo. Era inevitable. Las horas transcurridas en esos momentos de riesgo siempre eran terribles y atemorizantes… ( Marianne Díaz )

Jamais

Ciertos días simplemente no podía levantarse. La inercia la vencía, era más fuerte que cualquiera de sus esfuerzos por ponerse en movimiento, era más fuerte que el hambre o la sed o el dolor de cabeza.

Si ocurría al despertar, digamos, a las siete u ocho, la mañana podía escaparse, líquida, sin siquiera advertirlo; podían dar las doce, o incluso la una, sin que ella se hubiera levantado de la cama. Si ocurría entrada la tarde, a eso de las cinco, solía ver oscurecerse la habitación, lentamente, mientras la noche se instalaba adentro y afuera, sin que ella tuviese la voluntad para siquiera encender la luz.

Ésos eran los dos momentos críticos del día. Siempre que lograra salvarlos, anteponerse a ellos y sortearlos con éxito, el resto de su jornada podía discurrir normalmente, sin tropiezos. Pero aquellas veces que, por un descuido, se dejaba resbalar al abismo, no había manera de recuperar las horas que restaban por venir: el día entero se habría convertido en una zona de peligro, en un campo minado, en un enorme dragón inmóvil a punto siempre de saltar y devorarla.

Cuando era más joven, solía jugar a repetirse una palabra sin cesar-cualquier palabra-, hasta que ésta perdía el significado, convirtiéndose en un sonido tonto e incoherente que rebotaba, hueco, en su cabeza y en su paladar a medida que lo pronunciaba. Después, el juego dejó de funcionarle, pero la sensación regresaba ahora: esa misma sensación de absurdo, de sinsentido, que la agobiaba, al ver sus manos extendidas en la semipenumbra de la habitación.

Minutos, o quizás horas atrás, había despertado. No lo sabía. La noche anterior, una jaqueca insoportable la había hecho tapar las ventanas con gruesas sábanas, y la oscuridad obtenida de dicho procedimiento no le permitía adivinar la hora. Tampoco le interesaba demasiado. El tiempo transcurría y ella no había logrado ponerse en pie. Tumbada de espaldas sobre la cama revuelta, adivinaba las paredes y el techo de la habitación que apenas lograba distinguir, y en ese instante la irrealidad comenzó a hacerla su presa, tímidamente entonces, cuando, al mirar las paredes, le costaba comprenderlas, y al final, dramática, definitivamente, hasta que ahora -las manos abiertas frente al rostro, los dedos moviéndose con extremada lentitud, con cautela-, no lograba reconocer su propio cuerpo.

Sintió miedo. Era inevitable. Las horas transcurridas en esos momentos de riesgo siempre eran terribles y atemorizantes. Pero esta sensación de extrañamiento que se iba derramando por todo cuanto la rodeaba, era casi nueva,  desde la última tarde de infancia en que el juego había funcionado, y con toda certeza ya no le resultaba divertida.

Se levantó y caminó hasta el baño con un esfuerzo que le resultó sobrehumano. Apenas cruzar la puerta de la habitación, la luz le causó un ligero aturdimiento y pensó, sin confianza alguna en dicha afirmación, que era de día. Se lavó el rostro, pero la sensación del agua en la piel le resultó extraña, ajena. Al mirarse al espejo, no se reconoció. Era como ver por primera vez un retrato anónimo en un museo que jamás había visitado. Contempló con detenimiento aquella cara colgada en la pared, y la sensación de irrealidad, de absurdo, se extendió a los ojos, a la nariz, a la boca que no era suya, que desde el espejo se movía lentamente, sin articular ningún sonido.

Una leve náusea se elevó entre sus costillas y llegó hasta su garganta, y aferrándose al borde del lavabo, se esforzó por no vomitar, como si intentase recomponer el orden perdido y reajustar las piezas de su organismo al lugar donde debían hallarse. Pero no sabía cuál era ese lugar, ese orden, y siguió sintiendo un ligero desequilibrio que la hizo tambalear un poco mientras caminaba hacia la cocina.

En el pasillo que comunicaba las habitaciones con el resto de la casa, había dos espejos más. Enfrentados entre sí, producían un raro efecto de infinito, reflejándose interminablemente el uno al otro.  A Paulina no le habían gustado jamás, pero el apartamento era alquilado y no podía quitarlos. Aquella mañana, al pasar entre ellos, el desagrado que sentía se vio multiplicado por el hecho de no reconocer a la mujer que, repetida de manera incesante en las paredes, parecía estar a punto de caerse. Apuró el paso cuanto pudo y llegó a la cocina.

Sin saber el motivo, se encontró revolviendo la gaveta de los utensilios. La mano se movía, casi de manera inconsciente, dentro del pequeño cajón de madera, causando un ruido metálico al entrechocar tenedores y cuchillos. Entonces, cerrándose los largos y finos dedos ajenos, siempre ajenos- sobre un pesado mango de madera, asió uno de los cuchillos de cocina y lo alzó en el aire.

Pensó en cortar.  Cortarse las manos. Las orejas, la boca, los ojos, los pies, todo cuanto le molestaba y le parecía ajeno. Extirparse a sí misma del mundo. Pero no era posible, y de pronto la náusea alcanzó también al cuchillo que, sostenido en su mano derecha, reflejaba la luz que entraba por la ventana, y entonces, ya no sólo la mano, sino el cuchillo mismo, con su mango de madera y su destello metálico, le parecieron absurdos, y no supo cómo continuar. De pie allí, frente a una pila de platos sin lavar, el cajón aún abierto con su desordenado brillo de aluminio, sintió la última oleada de extrañeza derribarla, casi literalmente, hacerla perder el equilibrio y preguntarse qué hacía allí, parada en mitad de una cocina desconocida, con un cuchillo elevado en el aire, sostenido por una mano que jamás había visto antes. La mirada vagó hasta hallarse de golpe con el espejo del pasillo, donde se reflejaba hasta el infinito esa mujer desconocida. Entonces, con un movimiento que no alcanzó a pensar, arrojó el cuchillo al aire, y su sólido mango de madera fue a estrellarse contra el espejo, que con un estruendo se quebró irregularmente, dejando el suelo tapizado de minúsculos fragmentos de vidrio. Y fue entonces, cuando mirándose de nuevo, esta vez por partes que se reflejaban sin orden ni coherencia, que pudo comenzar a reconocer sus ojos, su nariz, su boca.