Reseña de una visita a la cárcel de mujeres : Por: Carmen Amaralis


    

               Tardaron más de tres horas en controlarlas. Las desnudaron, las registraron y manosearon… ( Carmen Amaralis )

Nos ubicaron en un salón de máxima seguridad y nos pidieron paciencia en lo que lograban calmarlas. En el grupo que llegamos de visita unas tenían miedo, otras curiosidad,  pero yo simplemente impaciencia.

Tendría que cambiar todo el contenido de la charla. Cómo les iba a hablar de Santa Teresa de Calcuta si acababan de tirarles gases lacrimógenos para controlar la revuelta.

 

Escogimos mal día para la fiesta. Pero, cómo íbamos a imaginarnos que esa misma mañana las autoridades harían una búsqueda simulacro de sorpresa para registrar cada una de las celdas. Unas cuantas se resistieron al registro y al poner resistencia las agredieron, se armó la de San Quintín, y el corre y corre, los gases lacrimógenos, los gritos y la violencia se tornaron casi en un levantamiento tipo motín en contra de los guardias de seguridad.

 

Tardaron más de tres horas en controlarlas. Las desnudaron, las registraron y manosearon. Según la administración de la cárcel, ellas esconden la droga en sus genitales, en sus intestinos. Es necesario un registro exhaustivo.

 

Y mientras algunas de ellas se comenzaban a inquietar, yo maquinaba con rapidez en mi mente un cambio de estrategias para hablarles de la felicidad de estar vivos, tema que me habían sugerido desarrollara en la charla.

 

Finalmente, después de más de una hora de espera, nos trasladaron al salón de actos. Siempre las encontramos sentadas por grupo: mínima seguridad al frente, mediana seguridad al fondo y en una esquina del salón, y rodeadas de guardias de seguridad, las de máximas condenas, las más peligrosas, según la administradora.

 

Esta vez no reinaba el ambiente de fiesta a que estábamos acostumbradas. En algunos rostros se retrataba aún la indignación por el registro de sus cuerpos. Algunas nos miraban con odio, y las más con indiferencia.

 

Y yo me seguía preguntando mentalmente: Diablo, cómo les hablo hoy, precisamente hoy que las veo tan desarmadas, tan molestas.

 

Llegó el momento, me presentaron al grupo de las confinadas y en los segundos que caminé de mi silla al frente del grupo, me fijé en sus cabellos. Algunas los tenían sueltos, otras se habían hecho trencitas africanas y muchas se rapaban la cabeza al estilo Kojack.

 

“Eso, de eso les hablaré, del terrible momento de tomar la decisión de peinarse”.

 

-¿Ven este peinado excéntrico de vieja que llevo en mi cabeza?… tuve la opción de dejarlo suelto y que ustedes se rieran de mí por parecer una loca.

 

Las hice reír y entré en calor. Les conté la vida de Teresa, de cómo recogía a los mugrientos pordioseros y les permitía una cama limpia para que murieran con dignidad, ya que no habían podido vivir con ella. Les hablé de Juana Inés, de cómo prefirió una celda para encerrarse con libertad a escribir de lo que le diera la real gana  aunque su confesor la repudiara.

 

 

Y ahora les narro esta reseña, con la satisfacción de haber logrado que más de sesenta confinadas rieran primero y se conmovieran después con el rigor de la palabra,  olvidando el rencor y la rabia que les produjo temprano en la mañana el registro de sus cuerpos.

 

Al despedirme del grupo le pregunté a una de las presas que de todo lo que les conté, qué le había impresionado más, y con ojos tiernos me dijo:

 

– Me gustó mucho cuando Teresa recogió en sus brazos a un mendigo.

 

Amén.