Pandora; su propia autobiografía: Por: Virginia Seguí Collar.


Recreación de la historia de Pandora, en una mezcla poética entre leyenda, ficción e historia, que, adaptando el mito clásico da una nueva visión lírica del mismo.

 

 

Recreation of the history of Pandora, in a poetic mixture among legend, fiction and history that, adapting the classic myth gives a lyrical new vision of the same one.

Récréation de l’histoire de Pandore, dans un mélange poétique entre légende, fiction et il historie que, adaptant le mythe classique donne une nouvelle vision lyrique de la même.

                                                                  

                                                                   

Sport der Geschichte von Pandora, in einer poetischen Mischung unter Legende, Fiktion und die Geschichte der, den klassischen Mythos anzupassen, gibt eine lyrische neue Vision von den gleichen.

               

                                                                             Pandora

Ahora que queda poco tiempo y que mi vida se acaba, ahora que el paso de los años me ha permitido conocerme a mí misma, vislumbro más claramente <el porqué> de mi existencia. Pienso en todas las desgracias que mi acción provocó; acción que volvería a realizar una y mil veces y, paradójicamente, lo más importante para mí es que  gracias a ella he llegado a ser quien soy, habiendo ganado un futuro para mí y mis descendientes. El mundo en qué vivíamos, creado por los dioses para nuestro exterminio, habría acabado con nosotros; y sin aquella acción, tantas veces reprobada, nunca hubiéramos llegado hasta aquí.

En efecto, voy a morir; pero ¿en qué me habría convertido viviendo en ese mundo inmóvil, inocente y feliz…; con nuestro destino en manos de los dioses, igual que un juguete, con el que jugar a su capricho para, en el fondo, satisfacer sus deseos más abyectos? Sí, por mí causa, fuimos condenados y la realidad hizo mella en nosotros: nacemos, crecemos, nos reproducimos, enfermamos, sufrimos, envejecemos y morimos; pero, al menos, sentimos y controlamos nuestras vidas. Este es el mayor fracaso del crónida; su pérdida de control sobre la raza humana. Y yo, era su regalo envenenado para la humanidad, el instrumento de su castigo y, sin embargo, me convertí en su mejor arma, y posibilité su liberación.

Aun recuerdo el olor nauseabundo que emanaba de mí, cuando Hefesto me modelaba, en su fragua (Fig.1), con aquel barro rojizo, viscoso y fácilmente manejable, que trabajaba con sus manos para ir dando forma a mi cuerpo: un cuerpo perfecto, para una mujer perfecta; la mujer más bella del mundo le había pedido Zeus, ¡utiliza a las diosas como modelo¡ aquel dios contrahecho y, en cierto modo, repugnante, me iba modelando; bajo sus manos tomaba forma, mis cabellos crecían y adquirían su color cobrizo; y a medida que Bóreas, Euro, Céfiro y Austro me daban la vida con su soplo mis sentidos iban despertando; aquella gruta donde el dios me creaba estaba cargada de olores; el agua y la sal marinas se mezclaban con los vapores del azufre, del yodo y de todo tipo de metales y materiales que utilizaba en sus aleaciones para fabricar sus armas e instrumentos; aquellos efluvios invadían la gruta y me impedían respirar. Pero sentía cómo, poco a poco mi cuerpo adquiría movilidad y la flexibilidad se acomodaba a él; mientras el propio Hefesto reía mirando satisfecho su obra. (Fig.2)

(Fig. 1. Hefesto en su fragua. Rubens)                                                              (Fig. 2. Pandora. Rosseti)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Zeus encargó a las diosas que me engalanaran y acabaran de hacerme atractiva a los ojos de los hombres. Afrodita me dio la belleza, Atenea adornó con flores mis argentinas vestiduras; pero, el portador de la égida, le impidió concederme el don del conocimiento, esto hubiera dificultado sus planes, era un don demasiado precioso (Fig.3). ¡Pronto comprendí cuánto! pues aunque conllevara sufrimiento, tuve que ganarlo por mí misma. Zeus, personalmente, se ocupó de que mi carácter creara conflicto entre los hombres, mi belleza podía levantar pasiones, mi maldad aumentarlas y mi falta de conocimiento me permitiría cometer las mayores atrocidades sin que tuviera conciencia de ellas; todo esto me condujo hacia mi destino y me convirtió en lo que soy. (Fig.4)

(Fig. 3. Pandora. Coussin el Viejo. 1550)                                                                        (Fig. 4. Pandora. Rossetii. 1878)

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aún hoy, me pregunto ¿qué movió al dios supremo del Olimpo a vengarse de los hombres con tal saña? Los relatos han ido llegando hasta mí, y poco a poco he ido comprendiendo. Sólo si su posición en el Olimpo estaba en peligro es comprensible tal ensañamiento; o se encadenaron los hechos de tal forma que se vio obligado a pensar un plan; ejemplarizando un castigo que a la vez demostrara su poder sobre los hombres y, sobre alguno de aquellos dioses de oscuros intereses que, sin duda, aprovecharían cualquier signo de debilidad para suplantarle. (Fig.5)

Fue el titán Prometeo, hijo de Jápeto y la ninfa Clímene, quien llevó su filantropía al extremo de provocar la ira de Zeus, él conocía su destino y sabía que no sería por azar por lo que la humanidad ganaría su libertad; debía conseguir que la ira del portador de la égida le llevara al extremo de que a pesar de conocer sus intenciones siguiera ejecutando su vengativo plan contra la raza humana, esa raza conocida como la del bronce. (Fig.6)

Sus hermanos habían sufrido el castigo de Zeus; Menecio víctima de su rayo acabó en el Tártaro y Atlante, al que perdonó la vida, nunca superará el sufrimiento que le produjo la pérdida de la Atlántida, su reino; aquel paradisíaco lugar sucumbió y quedó sepultado bajo el agua y el lodo del diluvio que le envió el crónida; nunca más los viajeros que atraviesen las Columnas de Heracles podrán hablar de él, ni relatar la belleza de sus costas y ciudades. Atlante lleva sobre sus hombros el peso de la tierra, así él pena por todos los titanes que quisieron dominar la tierra y su castigo será eterno. (Fig.7)

Prometeo sabía que su lucha estaba condenada al fracaso y convenció a Epimeteo, el último de sus hermanos, para unirse a él y luchar juntos al lado de Zeus, así  el dios les fue favorable. Pero el episodio de Sición desencadenó los acontecimientos, cuando Prometeo recibió el encargo de dividir las piezas del toro en dos partes, una para los dioses y otra para los hombres, no pudo contenerse e intentó engañar a Zeus, y éste, aún sabiéndolo, le dejó hacer y después eligió la de los huesos cubiertos de grasa, tal como estaba escrito, para consumar el engaño y con ello justificar su ira contra los hombres pudiendo libremente castigarles y privarles del fuego.

La noche que Prometeo me contó esto, yacía junto a mí, sabiendo que era la última vez que estaríamos juntos; me quedé mirando sus profundos ojos negros y a través de ellos pude ver su consternación, la misma que sintió cuando se dio cuenta de lo que su acción había provocado; su voz sonó ronca mientras continuaba su historia, diciéndome que debía conocerla y que algún día sabría porqué.

Atenea atendió a sus súplicas, y lo introdujo en el Olimpo para que robara el fuego existente en su interior; era algo que les debía a los hombres, al ser el causante de su castigo debía reponerlo, sin él la humanidad no progresaría. Una vez dentro consiguió llegar hasta el carro ígneo de Helios, encender una antorcha y arrancarle un trozo de carbón al rojo vivo que, rápidamente, escondió en una cañaheja, después apagó la antorcha con cuidado y salió sigilosamente; una vez fuera entregó el fuego a la humanidad; acción que suponía un nuevo enfrentamiento con Zeus, si éste llegaba a enterarse nunca le perdonaría; ni a él ni a los hombres. Y el crónida no tardó en descubrirlo; entonces ejecuto abiertamente su plan que ahora, además, incluiría la desgracia del hijo de Jápeto. El contrahecho debía modelar con barro lo que constituiría la mayor desgracia de los hombres: la mujer perfecta, así fui concebida como un regalo para ellos, mi nombre fue… Pandora: la portadora de dones.

Una vez vestida por las diosas y con mi belleza en todo su esplendor, Hermes me condujo ante Epimeteo y me presentó como un regalo de Zeus. Aun recuerdo su cara cuando éste rechazó el regalo, el de los pies alados no daba crédito a lo que oía ¿cómo iba a explicarle a Zeus lo sucedido? El regalo más bello del mundo, que provocó el asombro y el deseo en los dioses, había sido rechazado por los hombres. (Fig. 8)

                    (Fig. 5. El Olimpo. Veronés. 1560)

                 

(Fig. 6. Creación del Hombre. Prometeo. Griepenkerl.1839-1916)

 

 

 

 

 

 

                                                     

             

 (Fig. 7 . La Caída de los Titanes. 

Van     Haarlem)                                                                                                                                                                                       

 

( Fig. 8. Epimeteo, Pandora. El Greco.)

 

 

 

Yo buscaba entre los presentes algo que me sostuviera para no desplomarme allí mismo, ¡Qué iba a ser de mí! Si no era aceptada por quien debía ser mi dueño… Entonces unos ojos se posaron sobre mí y sentí nacer en la profundidad de mi alma un sentimiento desconocido, los sentía fijos en mí, esos profundos e inolvidables ojos de Prometeo me dieron la confianza necesaria para mantenerme allí, de pie, quieta, sosteniendo las miradas del resto. Entonces Hermes tiró de mí y me arrastró fuera de la estancia llevándome hacia los aposentos privados de Epimeteo donde me dejó sola, mientras decía… «Utiliza tus poderes y encantos con los que has sido dotada consigue yacer con Epimeteo y que te acepte como regalo de Zeus». Dicho esto salió de habitación y sólo entonces me dejé caer en el suelo sin poder contener el llanto. ¡Epimeteo!

¡Aquel nombre machacó mis sienes toda la noche! Mientras intentaba calmarme aún sentía aquellos ojos fijos en mí y aquel sentimiento que me invadió entonces  aun seguía oprimiéndome el pecho impidiéndome respirar. Nadie interrumpió mi descanso, solo con el amanecer vino a mí, aquél con quién yacería una sola noche y, sin embargo, sentiría como compañero el resto de mis días.

Me cogió de la mano y me hizo seguirle, recorrimos un camino sinuoso por el que llegamos hasta una pequeña cabaña en donde nos escondimos y allí comenzó su relato.  Zeus le buscaba; después del robo del fuego su ira no tenía límite y su venganza no tardaría en llegar; ésta comenzó con la maledicencia, buscaba justificar sus acciones, y puso en entredicho el honor de Atenea haciendo circular el rumor de que finalmente había sido seducida por el titán lo que justificaba su entrada en el Olimpo. Tomaría venganza contra ambos, su hija tendría suficiente con esto pero Prometeo debía sufrir un castigo ejemplar. (Fig.9 y 10 )

(Fig. 9. Prometeo. Moreau )                                                                              ( Fig. 10. Prometeo. Rubens. )         

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me hizo prometerle que pasara lo que pasara yo conseguiría que Epimeteo me aceptara, sólo así todo se cumpliría. De nada sirvieron mis súplicas para que huyéramos juntos fuera de los confines de aquel mundo; él debía asumir su culpa y aceptar el castigo, sus eternos sufrimientos serían los de la humanidad. Zeus quedaría contento con ello y se olvidaría de los humanos dejándoles vivir en paz, el transcurso de los años haría el resto.

Yo no acababa de entender porqué pero debía asumir el papel para el que estaba destinada y procrear junto a Epimeteo asegurando la supervivencia de la raza humana. No quería compartir nada con Epimeteo. ¿no podíamos irnos? sólo él me robó mi espíritu, cuando comprendió esto conocí un nuevo Prometeo, lleno de ardor y pasión, unimos nuestros cuerpos y nuestras almas y yacimos juntos una noche por toda la eternidad; entonces supe que podrían arrancarlo de mi lado pero nunca de mi corazón y  que cualquier sufrimiento sería menor que la separación.

Después, inició su relato y me descubrió esta historia que ahora os cuento, mientras lo hacía su rostro cambiaba, sabía que quedaba poco tiempo, tan poco tiempo para estar juntos, tan poco tiempo para todo lo que debía contarme y todo el tiempo del mundo para seguir solo hacia su destino. Cuando él se fuera yo debía coger una caja que tenía escondida debajo de unas pieles y dirigirme a la casa de Epimeteo, debía entregársela diciéndole que la custodiara impidiendo que nadie la abriera pues en ella estaba el destino del mundo. Debía quedarme con él y conseguir que me aceptara.

Con los primeros rayos del sol, el dios contrahecho volvió a entrar en mi vida, esta vez para llevarse parte de ella, para cumplir la venganza de Zeus debía llevar a Prometeo al Cáucaso donde lo dejaría, en lo alto de una montaña, encadenado a una roca por toda una eternidad, a merced de los elementos y de las alimañas; pero el sufrimiento del japetónida no acabaría ahí, pues se le añadiría un suplicio aún más angustioso que permanecer solo en un lugar inhóspito y alejado de los hombres, además todos los días un águila le comería el hígado, que se regeneraría durante la noche, para que al día siguiente el águila pudiera volver a devorarlo, ese fue el castigo que Zeus ideó para Prometeo y así por toda la eternidad. (Fig.11)

El hijo de Jápeto conocía con antelación su propio destino, el de los dioses y el de los hombres y cuando salió de la cabaña sabía que nuestros caminos no volverían a cruzarse por ello su rostro demostró desolación, una desolación que yo compartía. La pérdida de Prometeo me hizo fuerte, había partido a enfrentarse con su castigo y yo debía cumplir sus deseos. Me dirigí a la cabaña de Epimeteo y, mientras le entregaba la caja envuelta en pieles como me había encomendado su hermano, le dije que debía aceptarme por el bien de los hombres y que la caja debía permanecer oculta pues un gran mal se encontraba encerrado dentro de ella. Me miraba de arriba abajo, curioso con sus pequeños y brillantes ojos, valorando su regalo. Pero sólo me admitió cuando conoció el castigo de Prometeo y el temor hizo mella en él. (Fig.12)

  ( Fig. 11. Hefesto encadenando a Prometeo. Baburen)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

( Fig. 12. Pandora y Epimeteo. Farinati. S.XVI)

 

 

 

 

 

 

 

 

El tiempo pasaba, yo cuidaba de Decaulión, hijo de Prometeo, mientras la semilla que él habia dejado en mí crecía. Pronto Pirra estuvo entre nosotros formando parte del grupo sin conocer a su verdadero padre. Mi unión con Epimeteo también dio sus frutos y pronto nacieron Elpora, Epimeleya y Epimérides, nuestros hijos, creciendo juntos en aquel jardín de la edad broncínea. Nuestra vida transcurría con lentitud y monotonía y el fuego donado por Prometeo produjo los efectos deseados permitiéndonos desarrollar las artes agrícolas, cerámicas e industriales con las que sobrevivir en un mundo en el que ya no éramos juguetes en manos de los dioses.

Una idea animaba mi alma: su recuerdo, ella me mantenía, quería unirme a su sufrimiento y desde mi mundo lo compartía, pensando que con ello aliviaba el suyo. Recordaba nuestro tiempo juntos y sus palabras, y la caja, aquella caja conservada por Epimeteo tal y como se la entregué; pensé que si la abría podría recordar mejor su imagen, su rostro y los profundos ojos que me conquistaron encadenándome con él a la columna del Cáucaso. Iba y venía, acercándome cada día más a la caja, ¿qué contendría? igual algún secreto del crónida con el que liberar a Prometeo; poco a poco me fui convenciendo de la necesidad de abrirla y ver su contenido, cualquier cosa que hubiera dentro no sería tan mala y le había pertenecido. (Fig.13)

Finalmente el destino me alcanzó y cometí la acción para la que estaba destinada y una mañana soleada, cuando Epimeteo se ausentó, salí al jardín y me senté delante de la ventana, mirando los verdes campos y soñando con recorrer aquel camino sinuoso por el que llegué hasta su cabaña y a sus brazos y, sin ni siquiera darme cuenta de lo que hacía, abrí la caja, descubriendo en su interior un vacío profundo y oscuro que dejó salir efluvios helados  que se adentraron en mi. Acababa de dejar salir de ella aquello que Prometeo había conseguido introducir para preservar al hombre del mal, a partir de ahora, aquel lugar idílico se convertiría en el mundo real, los hombres sufrirían: la vejez, el trabajo, la enfermedad, la locura, el vicio, la pasión, todos ellos salieron de la caja en forma de nube y se fueron extendiendo, sentí cómo se adentraban en mi cuerpo y comencé a hacerme vieja, aquel cuerpo perfecto comenzó su deterioro y lo mismo sucedió al resto de los hombres. (Fig.14)

 

(Fig. 13. Pandora. Vaso Griego.)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

( Fig. 14. Pandora. Rheam. 1902)

 

 

 

 

 

 

Nuestra vida cambió, comenzamos a interesarnos por las cosas, se despertó nuestra curiosidad, nuestros hijos trabajaban y comenzaron a organizar la comunidad; debíamos protegernos del frío, alimentarnos, cubrir nuestros cuerpos, todo ello abrió nuestras mentes y el don que me había negado Zeus lo adquirimos con sufrimiento, algo tan valioso no podía ser un regalo. También hubo hombres pervertidos y depravados, dominados por las pasiones que causaron la desaparición de la raza broncínea. Zeus castigo nuevamente a la humanidad enviándole ahora un diluvio universal.

Los poderes visionarios de Prometeo le permitieron conocer los planes de Zeus con antelación y así pudo avisarnos del terrible castigo que nuevamente se estaba fraguando contra los hombres, pudimos salvarnos, pues el hijo del titán ideó una forma de evitar que el diluvio acabara con nosotros, construyó una gran barca en la nos mantendríamos a flote. Deberíamos proveerla de todo lo necesarios para sobrevivir, algunas parejas de animales que sirvieran de alimento y a la vez que nos permitieran comenzar una nueva vida cuando las aguas se retiraran.

Los años habían pasado y la vejez estaba instalada en mi, les rogué que me dejaran allí, que no sería más que un estorbo para ellos, pero Decaulión y Pirra no consintieron en ello y nos dispusimos a vivir el diluvio en el arca. El viento del sur comenzó a soplar  mientras los ríos se precipitaban sobre el mar, la crecida del agua superó la costa y comenzó a arrasar las ciudades y los pueblos, los campos y los valles, y la raza de los hombres sucumbió bajo ellas, sólo quienes consiguieron alcanzar al altas las cimas se salvaron. El arca fue nuestra salvación, en ella estuvimos nueve días, hasta que una paloma regreso con una rama de olivo en el pico, señalándonos que el peligro había pasado, entonces desembarcamos en el monte Parnaso y comenzamos una nueva vida.

Decaulión y Pirra suplicaron a Zeus que permitiera el renacimiento de la raza humana y el dios escuchó sus plegarias; envió a Temis con un enigmático mensaje: cubríos la cabeza y arrojad hacia atrás los huesos de vuestra madre; ambos  entendieron que si tenían una madre común ésta era la Madre Tierra en la que todos podemos reconocernos, aquella con la que yo fui creada, y cogiendo las rocas que encontraron a su alrededor las tiraron tal y como les había indicado la titánida, viendo con asombro cómo las que lanzaba Pirra se convertían en mujeres y las de Decaulión en hombres. Así fue como se regeneró la humanidad y comenzó una nueva era. (Fig.15)

 

   (Fig 15. Decaulión y Pirra)

 

El fracaso de Zeus es cada vez mas patente y mi presencia entre los hombres y la de mis descendientes no les ha traído más que prosperidad. Las consecuencias de mi acción no han supuesto su exterminio y ahora los hombres junto a sus mujeres asumen sus actos. Es verdad que no vivimos ya en el Jardín del Edén pero tenemos una vida; será buena o mala dependiendo de nuestras propias acciones y, por supuesto tendrá un fin, pero habrá tenido una finalidad, todo esto me permite ir en paz.

Sólo un sentimiento me retiene aquí, el pensamiento de que mi reposo aumentara el sufrimiento de Prometeo, esta idea me mantiene viva. Si pudiera volver a ver sus ojos y sentir su mirada en los míos, si pudiera ahogarme en sus profundidades y fundirme con él en su caudal de lágrimas; pero el destino no me tiene reservada esa dicha y su ausencia es como un puñal que hundido en mis entrañas hubiera encontrado en ellas su esencia.

Este ha sido el testimonio de mi madre: Pandora, os lo cuento tal y como me pidió ella para que las generaciones posteriores conozcan su historia, comprendan su vida y respeten su memoria.

El relato no estaría completo si yo no lo concluyo, esto es lo que sucedió después que también debéis conocer. La noche en la que Pandora llegó a este punto en su historia entró en una especie de agitado sueño en el que se mantuvo varios días, nos preguntábamos ¿qué la mantenía viva? Pero al quinto día sucedió algo inesperado, una figura que se acercaba rápidamente se recortó en el horizonte. Deucalión, recordaba vagamente a su padre pero pronto supo que Prometeo venía hacia nosotros, salimos a su encuentro; pero él andaba como guiado por un sueño y no se detuvo hasta que no estuvo en la entrada de la choza donde Pandora agonizaba, abrió la tela de la entrada y penetró en el aposento…, entonces, mi madre, abrió los ojos y mientras exhalaba su ultimo suspiro cruzó su mirada con la de Prometeo quién, con el rostro inundado de lágrimas, sintió como Pandora se diluía en ellas .

 

 ( Fig. 16. Zeus y Tetis. Ingres. )

 

Sus poderes previsores habían sido la causa de su liberación gracias a ellos pudo avisar a Zeus del peligro que supondría tener un segundo hijo varón de Tetis pues éste se volvería contra él y lo destronaría, como él había destronado a Crono y éste a Urano (Fig.16). Esto le congració con Zeus aplacando sus deseos de venganza y cuando su amado hijo, Heracles, después de conseguir las manzanas de las Hesperides, atravesó el Cáucaso y le pidió permiso para liberarle, no pudo negarse solo puso una condición: para que siguiera pareciendo un prisionero debería llevar siempre un anillo hecho con sus cadenas en el que iría engastada una piedra causaciana. Entonces, el titán, le pidió que le permitiera perder su inmortalidad, y convertirse en un hombre más; se sentía ligado a ellos y deseaba compartir su destino y el crónida consintió en ello; aun sabiendo que lo que Prometeo realmente quería era reunirse con el precioso regalo que él había hecho a los hombres: Pandora. Así fue cómo mi padre pudo asistir a la muerte de Pandora y, después, vivir y envejecer entre nosotros el resto de sus días.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  ( Fig. 17. Prometeo. Virginia Seguí Collar)