La Escritura y el Arte: III. Oriente. Por Virginia Seguí Collar.


fig1-mapaoriente21                                                                          

 (Fig.1. Mapa de Oriente)

                                                                         

Las culturas primitivas que se desarrollaron en Oriente (Fig.1) tuvieron una evolución y unas fases de desarrollo equivalente a las occidentales y en un momento dado de este proceso también llegaron a organizar primero, un lenguaje que les permitiera comunicarse y, después, un sistema de escritura que lo expresara gráficamente. Sin lugar a dudas el lenguaje es una de las manifestaciones más personales y diferenciadas de cada cultura y su organización nos permite descubrir muchas de sus características más significativas.

Durante la Edad del Bronce las facies culturales más activas en Oriente se sitúan en la zona de la actual China y es en ellas donde encontramos los primeros restos de escritura; su carácter difiere del occidental pues no se basa en un sistema fonético sino ideográfico, sus signos de escritura transmiten un significado independientemente de su sonido, lo que permite que habitantes de diferentes regiones e incluso países, con idiomas y pronunciaciones diferentes incapaces de entenderse oralmente, puedan hacerlo perfectamente por escrito.  Los restos arqueológicos prueban que hacia el 5000 a. C. existían ya signos gráficos que corresponden a palabras, aunque todavía sea difícil hablar de un sistema de escritura, que al parecer no aparece hasta el 3000 a. C.; ya en la fase Anyang durante la dinastía Shang. Anteriormente a esto, los registros de la dinastía Tang mencionan que los acontecimientos importantes se mantenían vivos en la memoria mediante un complejo sistema de nudos en cuerdas o mediante el tallado, en madera, de muescas o símbolos. Estos símbolos irían evolucionando y formando imágenes rudimentarias relacionadas con la vida y las necesidades diarias de la comunidad estando, por tanto, fuertemente vinculadas con la naturaleza (Fig. 2). Este tipo de escritura es de una gran complejidad y su aprendizaje puede parecer utópico a un occidental dada la gran cantidad de signos que deben conocerse, aunque no hay que olvidar que el conocimiento de ellos es, en muchos casos intuitivo, y suele estar facilitad por el contexto.

 

 

Las primeras muestras de pictogramas las encontramos grabadas en caparazones de tortugas o huesos de paletillas de vacuno; son los denominados huesos oraculares que contienen los resultados del oráculo de los antepasados que, una vez consultado, se grababa en ellos por contacto de un hierro candente y que en muchos casos aún no han sido descifrados, esta tarea la asumía la casa real ya que el gobernante era tenido por un dios. (Fig. 3)  

   ( Fig. 2. Ideogramas chinos)

                                                                                                                     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 ( Fig.3. Paletilla de vacuno.Huesos oraculares) 

fig3-paletilladevacunohuesosoraculares1La escritura clara, regular y uniforme comienza aparece inicialmente en recipientes de bronce de época Zhou (1027-771 a. C.), formando un tipo de escritura muy expresiva que se denomina <de sello grande> (Fig. 4); la inestabilidad de esta época permitió la creación de varios tipos de escritura en algunas de las regiones y principados que luego fueron unificados a la vez que el país por la dinastía Qin en el 231 a. C., aunque para ello se procedió a la destrucción de un legado cultural importante; esta escritura uniformada se conoce como <de sello pequeño> y se convirtió en la escritura oficial pudiendo encontrarla en documentos e inscripciones de la administración y sepulcrales, manteniéndose actualmente vigente y prácticamente sin cambios, sus ideogramas se distribuyen dentro de un rectángulo imaginario que tiene como base el lado más ancho. (Fig. 5)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  (Fig . 4. Escritura sello Grande. Bronce.)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 (Fig. 5. Peso. Escritura “sello pequeño”)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Durante la época Han (206 a. C.-220 d.C.) surgieron otros cuatro tipos de escritura que siguen vigentes hoy día. La cancilleresca o curial (en China: Lishu y en Japón: Reisho), una escritura oficial, normalmente sobre bambú o columnas sepulcrales, la tinta china con que se escribía hacía resaltar muchos sus terminaciones, lo que acentúa su carácter gráfico y la hace apropiada para usos ceremoniales. (Fig. 6)

La escritura cuadrada o normal (China: Kaishu, Japón: Kaisho) es un tipo de escritura que utiliza signos simplificados habitualmente utilizada en libros y revistas (Fig.7). Y también la corriente o cursiva (China: Xingshu, Japón: Gyosho) creada por la necesidad de llevar un ritmo rápido en la ejecución lo que al mismo tiempo aumenta la individualización en la realización de los signos que pueden llegar a superponerse y adquirir un carácter demasiado personal lo que dificulta su legibilidad, el mejor ejemplo conservado es una carta obra del calígrafo Wang Xun (350-401), en ella las cinco líneas originales permiten apreciar su amplia y personal gama de pinceladas, habiéndosele añadido con posterioridad inscripciones de otros calígrafos y coleccionistas  (Fig.8).

Por último la escritura de hierba (China: Caoshu; Japón: Sohsho) una especie de taquigrafía o signos simplificados que pueden llegar a parecer simples garabatos; en principio fue usada por funcionarios de baja categoría aunque con el tiempo adquirió gran auge entre literatos y poetas. (Fig.9)

          (Fig. 6. Carta. Escritura Lishu)                                                                   (Fig.7. Himno Pintura. Jinnong. Cancilleresca)

                                                                           

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 (Fig. 8. Carta del calígrago Wang Xun)                                     

     

 

 

 

 

 

(Fig. 9. Diseño abanico caochu. 1082-1135)

 

 

 

Estos tipos de escritura no están circunscritos, únicamente, al ámbito geográfico chino sino que en virtud de las vías de comunicación comerciales y/o culturales que se fueron abriendo, como la ruta de la seda o la filosofía budista, consiguieron traspasar sus fronteras siendo adoptados por los países del entorno manteniéndose también vigentes en la actualidad sin apenas variaciones, siendo los tipos que admiten una mayor libertad de expresión personal las que presentan las características más significativas de cada cultura. El caso más significativo es el de Japón, la propia esencialidad del carácter japonés unido a desarrollo del budismo zen en la zona ha permitido a la caligrafía japonesa llegar al máximo de efectividad expresiva con una total economía de medios y signos. (Fig. 10)

En Japón se han hallado restos de escritura que han sido datados en el siglo II a. C. lo que demuestra a la vez los contactos con el continente; aunque las relaciones no debieron ser fluidas hasta los siglos III y IV; momento en los nativos japoneses comenzaron el aprendizaje y la adecuación de los ideogramas chinos a su idioma que, al parecer, difiere tonalmente del chino lo que dificulta su adaptación por lo que debieron crearse unos alfabetos fonéticos que les permitieran encajarlos en el japonés hablado. El monje de la secta budista Shingon: Kodo Daishi (774-835) fue quién consiguió crear dos tipos de escrituras fonéticas que permitieron realizar el proceso; tipos que estaban en vigor ya en el siglo IX: la Katakana, de forma relativamente cuadrada y la Hiragana más redondeada y derivada de la escritura china corriente. Ambas añaden 46 signos fonéticos que se corresponden con la pronunciación de vocales y sus combinaciones que permiten reproducir cualquier expresión oral japonesa. La primera (Fig.11) está especialmente indicada para sonidos autóctonos y la segunda se utiliza sobre todo para adaptar los extranjerismos.

 

(Fig. 10. Bolsa bastón. Hoteiko. S. XVII)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                 (Fig. 11. Escritura fonética Hiragana)

                                                                                     

 

 

En Oriente el arte y la caligrafía están perfectamente imbricados tanto en los sistemas de ejecución como en sus propios ejecutantes, ya que el artista calígrafo abarca varias disciplinas dominándolas todas sin distinción de categorías, siendo algo cercano al concepto que se tenía de artista durante el Renacimiento europeo. Los materiales que se emplean en el arte de la caligrafía son los mismos que los que se utilizan en la pintura: el pincel, la moleta, la tinta china, de la que inicialmente se creía que contenía la esencia de los colores básicos convirtiéndose así en elemento perfecto para su ejecución. Los soportes más frecuentes: la seda, el bambú y papel.

La literatura china tradicional hace referencia a esta estrecha relación entre artes y el dominio que de ellas tienen los calígrafos; lo que se ve favorecido por la capacidad expresiva del trazo caligráfico que sin duda estrecha su relación aún más, si cabe; pues el valor de un artista calígrafo viene dada por su capacidad de personalización en el trazado de los ideogramas convencionales, siendo éste, con frecuencia, el patrón utilizado para juzgar su calidad. A partir de la dinastía Tang no suele haber separación entre eruditos, calígrafos y pintores, las biografías de los más importantes mencionan su destreza en el dominio de diversas disciplinas entre las que destacan: pintura, caligrafía, su actuación como funcionario de la administración y sus actividades como poetas y/o prosistas. (Fig. 12)

                                                         

 

         

El arte y la caligrafía orientales fueron llegando a Occidente por diferentes vías y en diferentes fases, su influencia en el arte europeo no tuvo siempre la misma repercusión; pues las especulaciones de los artistas activos en cada época no siempre estuvo abierta a influencias exteriores; no obstante, no se puede dejar de mencionar, por significativa, su repercusión sobre las actividad de artistas vinculados a las primeras vanguardias, ya en las postrimerías del siglo XIX, cuando muchos de ellos pudieron conocer el arte japonés a través de sus estampas; lo que les permitió experimentar con concepciones especiales ajenas al mundo occidental; a la vez que el reconocimiento de la expresividad y gestualidad de su actividad caligráfica también permitió, a algunos de ellos, avanzar sobre aspectos relacionados con la representación de la imagen y la pérdida de los referentes figurativos.

                                            (Fig . 12. Reunión calígrafos. Jardín occidental).