Castilla


Nunca he sentido tan cerca el horizonte como en esta mañana: pude tocarlo y hasta masticarlo, tan próximo como lo tenía. Y es que el horizonte era todo niebla, una niebla gris, fría e intensa que cubría la ciudad e impedía la visión más allá de una decena de metros. Mientras a mis pies crujía la escarcha consecuencia de la helada, pensaba en esta mi Castilla envuelta en grises matutinos anunciadores de sol al mediodía, compañeros de otros grises que acompañan a esta tierra que sucumbe. “Mi pupila no se ha dejado deslumbrar por los cielos altos y los horizontes lejanos de mi región”, dijo un día el gran Miguel Delibes. Eso nos queda, cielos altos y horizontes lejanos, si alguien no lo remedia.

Vuelvo a recurrir a Delibes: “La estampa de Castilla desertizada, con sus aldeas en ruinas y los últimos habitantes como testigos de una cultura que irremisiblemente morirá con ellos” Eran poco más de las ocho de la tarde en un pueblo cercano a Palencia. Nadie en la calle. Silencio. Ni tan siquiera el viento rompe el abrumador callar de estos lugares. No es verano, no hay grillos ni cigarras saludando a la noche; tampoco estrellas que pueblen el firmamento, ocultas, como la luna, tras la niebla. A lo lejos diviso una luz diminuta que se agranda conforme voy acercándome a ella. Se oyen voces en el interior: alguien se queja diciendo que le han ahorcado el seis doble. Cruzo el zaguán y una densa nube de humo me recibe. Acabo de entrar en el Teleclub, donde un grupo de mujeres juega a la brisca y otro de hombres, mayores, con la tez curtida, golpea casi con furia con las fichas del dominó sobre la encimera de mármol de la mesa de juego. Una estufa de serrín, ubicada en el centro de la estancia, escuela infantil en otro tiempo, desprende tal calor que convierte el lugar en confortable.

Sí, la antigua escuela, que recuerda a Franco en la entrada con una leyenda esculpida en la piedra que circunda la puerta, es hoy el Teleclub del pueblo. Aquí no quedan niños, me dice una voz al verme curiosear. Aquí, continúa diciendo la misma voz, no quedan más que viejos y cuatro que van y vienen de Palencia a trabajar las tierras. Bueno, algún niño queda, pero los recoge un autobús que los lleva a la cabecera de la comarca, que es donde hoy está la escuela. Pido un café y observo al grupo de mujeres que juegan a las cartas. La más joven, que aparenta ser sexagenaria, es la que lleva la voz cantante en la partida. Nadie hace caso de la televisión, que a considerable volumen emite imágenes de un concurso. Pienso que la televisión es un acompañante más al que se le hace caso cuando conviene. En un rincón, en actitud contemplativa, hay un hombre de avanzada edad con la boina calada, un palillo asomando por la comisura de los labios, las manos apoyadas en la cachaba y la mirada perdida. Su frente está llena de surcos, como la tierra castellana, arrugas forjadas con el sol, la lluvia y el viento. Me siento a su lado. Gira la cabeza y me mira. Vuelve a girarla y aparta la mirada de mi cara. Yo a usted le conozco, escribe en el Diario Palentino, me dice mientras me ofrece un cigarrillo que rechazo amablemente. No tengo más remedio que compartir el porrón de tinto que tiene sobre la mesa, al tiempo que me acerca un plato de altramuces diciéndome que son muy buenos para combatir el ácido úrico. Termino de paladear el tinto y pruebo los altramuces, que me llevan a recordar mi niñez. Charlamos del ayer (para él el hoy no existe, todo es pasado). Me habla de la guerra. Me dice que era republicano, que ahora le da igual; que lo pasó mal al acabar la contienda, que su vida estuvo llena de renuncias…

Con la ayuda de la cachaba logra ponerse en pie sin permitirme que le ayude. ¿Se marcha ya, señor Venancio?, le pregunta uno de los jugadores de la partida de dominó. Saca el reloj del bolsillo del chaleco, mira la hora y responde: Sí, ya son las nueve. Lo acompaño. Voy tras la espalda de un más que octogenario que camina con paso dubitativo, como llevó su vida, según me ha contado. Alegando que vive a la vuelta de la esquina, no permite que le acompañe hasta su casa. Contemplo como se aleja parsimoniosamente. De pronto se detiene, gira sobre sus torpes pies y me dice: He oído que el AVE ha llegao hoy a Valladolid.