Textos creativos de Sagrario Hernández, Rolando Revagliatti.


 Efecctu.   Por: Sagrario Hernández

Caminarás descalzo sobre cristales,

se desgarrará tu piel y tus tendones

quedarán al descubierto,

pero eso no te hará llorar.

 

Podrás mirar al sol de frente,

tocar sus flamas con tus manos,

ahogarte en todas las aguas,

pero eso no te dará la muerte, ni el dolor te dará.

 

Podrás ver más allá de los ojos,

mirarte en los espejos oscuros,

saborear los líquidos más amargos,

pero eso no alterará tu gesto.

 

Podrás sentirte solo en los desiertos,

más solo aún en las ciudades,

única cosa sin destino ni salida en un mundo irreal,

pero eso no llamará a la locura.

 

Podrás sentir que toda tu materia es devorada por los perros salvajes,

que no hay padre ni madre que acuda a tus gritos,

que no hay vestidos que cubran desnudeces para tu pobre cuerpo,

pero eso no vencerá tus ansias de hallar

una sola palabra que defina

aquello que tú eres

cuando te ha abandonado

la dignidad de ser

 

lo

                   que

se                                es.

Ignorarte es haber nacido de la muerte del olvido

al dolor de la memoria.

 

 

Cuento corto  por: Rolando Revagliatti

En sus cuentos -me refiero a mi hija-, que son breves, hay misterio, suspenso. Y siempre mata a alguien. Acababa de leerme el último, y en ese, moría el protagonista. Le dije: ¿Por qué no hacés que siga vivo? Ella me explicó: No me salía, no sabía cómo continuar, me cansé y, además, ya estuve mucho rato. Le sugerí: Seguí escribiéndolo mañana. Dijo: No; porque es un cuento corto.

 

 

Retazo  por: Rolando Revagliatti

 

 

Nació por vía de cesárea Cristina, único descendiente que tuvieron sus padres. El nombre lo improvisaron de apuro, por así decir; lo extrajeron de una criteriosa galera, tras evaluar la armonía fonética junto al apellido. Aguardaban a Juan Ramón Ernesto e irrumpió Cristina. El desencanto se fue desplegando corrosivo en sus ánimos.

La niña, alumna aplicada, fantasiosa y fácilmente ridiculizable, encorvaba la espalda, fruncía los labios cuando se concentraba, bizqueaba a veces y, adolescente ya, padecía ataques de picazón, o lloraba.

En procura de reducir fatigosa gimnasia (contar paradas de colectivos, o perros, o automóviles con tales o cuales características), ritos incoercibles (sentarse durante unos instantes en determinado sillón, antes de tomar la merienda), sueños repetitivos (su madre obstinándose en ofrecerle muestras de comprensión y cariño), concurrió a un curso de control mental que promocionaban por radio. En esas estaba, cuando ella y el licenciado que dictaba el curso se enamoraron. Sin tropiezos accedieron al altar; y ahora, él la embarazó y la tiene ilusionada con que por fin nacerá Juan Ramón Ernesto, una generación después. Retazo de vida.