Peregrinas a Compostela: relato de una peregrinación Por. Pilar Moreno


  (Dedicado a Loreto y Marisabel porque ellas me mostraron su optimismo )

En camino de Santiago

Iba un alma peregrina

 

Una noche tan oscura

Que ni una estrella lucía

 

Por donde el alma pasaba

La tierra se estremecía

 

(romance asturiano)

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Una de las cosas peores que le puede ocurrir al peregrino en el Camino de Santiago es perder la Credencial. Sin ella no tiene acceso a los albergues, y tampoco conseguirá la Compostela, documento que le acredita el haber hecho el Camino por “devotionis affectu, votti vel pietatis causa” (devoción, voto o piedad). En esto y en otras muchas cosas que aprendí después, no pensaba yo aquel día en Astorga. De momento estaba descubriendo lo dulce de la ciudad: sus famosas mantecadas y demás apetitosas atracciones.

 

A decir verdad, mientras me adormecía en el albergue San Javier con las campanadas que dejaba oír la torre de la catedral, la principal pregunta que entonces me hacía era si mis pies podrían resistir los casi 260 kilómetros que me esperaban hasta Santiago. Mi única hazaña deportiva había sido algunos paseos a lo largo de los canales en el tranquilo paisaje holandés. Poco más había hecho para mi puesta a punto: un buen calzado ya amoldado que no me producía quejas y una mochila que llené bien poco haciendo caso a Machado de ir ligera de equipaje.

 

Acostarse temprano y levantarse antes de amanecer iban a ser las constantes del Camino. Y así empezamos la primera de las once etapas que deberíamos seguir. Hubo subidas y bajadas más o menos fuertes, sol, calor y varias tormentas. Anduve sendas, caminos difíciles y otros que lo fueron menos, carreteras asfaltadas. Atravesé puentes, pasé pueblecitos solitarios con nombres evocadores, ermitas que cobijan imágenes, y pequeñas iglesias con capillas silenciosas, prados, y bosques de robles y castaños, y siempre buscando la flecha amarilla que indicaba la ruta. Al final del día el albergue, la cena, el descanso.

 

Astorga, Rabanal del Camino, Ponferrada, Cacabelos, Trabadelo, Triacastela, Portomarín, Melide, Castañeda, Pedrouzo, … De este constante andar en medio de la naturaleza nace una relación especial con ella que te sensibiliza ante su carácter y sus cambios. Paso a paso la espiritualidad que te inspira el silencio y la contemplación del arte que encuentras en el Camino va diferenciándose de lo material, de lo tangible, y empiezas a interpretar el lenguaje de las piedras centenarias y de los árboles, a descubrir la presencia de símbolos e imágenes.

 

Sin embargo, el Camino me impuso ese período de iniciación que sufren los peregrinos poco acostumbrados, y tuve que esforzar mis piernas a seguir a pesar del dolor y del cansancio. Así me enfrenté a la subida hasta la Cruz del Ferro, que me decepcionó con tantos cachivaches ofrendados, sentimiento tan contrario a lo que me hizo sentir el Bierzo -en el que presentí un mundo encantado- o los suaves paisajes de Galicia y sus interminables corredoiras. Aprendí a descansar lo imposible en incómodas literas, y también me conformé con una colchoneta en el suelo al no tener sitio donde dormir. Me costó esfuerzos llegar a Samos, subir a O Cebreiro, tuve calor y me mojé con las tormentas.

 

El Camino es empeño y dedicación. La peregrinación es tener confianza y convencimiento de llegar. Son peregrinos “los que van a la casa de Galicia” (según Dante Alighieri), pero no todos los que llegan pueden llamarse así. Según el diccionario la palabra “peregrinar” es “andar por tierras extrañas”, pero dudo de que todos los que llegan a Santiago lo hagan de esa manera. He visto peregrinos que tendrán que ser auténticos maratonianos para poder avanzar con esa rapidez si no tienen “algo que les ayude a moverse”. He visto a otros que caminaban tan ligeros de equipaje que no llevaban nada a sus espaldas. Había quienes quedaban atrás magullados y doloridos de pies, y aparecían al día siguiente muchos kilómetros y pueblos más adelante. También una pareja -personajes que parecían salidos de una novela- que se traía unos tejemanejes de idas y vueltas como si jugaran al gato y al ratón. Y no puedo dejar de pensar en aquella peregrina que cargada con una bolsa enorme de aseo, hasta durmió con “rulos” en el albergue. Seguramente que más que peregrinar es hacer lo que se llama turismo.

 

Pero lo que hace tan especial el Camino de Santiago es el sentimiento de hermandad y ayuda que se vive. Esto es más importante que hacer kilómetros y coleccionar sellos en la Credencial. ¡Cómo olvidar aquel día en el albergue de la Xunta en Santa Irene, cómo hacer entender mi desesperación al realizarme que no llevaba conmigo esa Credencial¡ Una sensación de impotencia paralizó mis decisiones. Las perspectivas de alcanzar Santiago sin este “justificante” se disolvían entre lágrimas que no sólo eran del cansancio. Yo ya no estaba en situación de discurrir, pero el único posible sitio donde podría haberse quedado era en Arzúa, en una pequeña capillita donde sellé por última vez. Gracias a la hospitalera del refugio -una maravillosa casa de piedra con ventanas azules- y el guardia de seguridad de la Xunta que -cuando yo creía todo perdido y estaba dispuesta a regresar a casa- recorrió los kilómetros que separaban los dos albergues para entregarme el documento que habían conseguido encontrar. Y gracias también a mi hermana y a mi prima que nunca dejaron de ser optimistas -por lo menos no me lo hicieron notar- y se dedicaron a llamar por teléfono hasta dar con la solución sin hacer caso de su natural cansancio. Todo un ejemplo de hermandad y compañerismo.

 

Después de esto nos quedaba llegar a Santiago de Compostela. Aún nos esperaba una decepción: Monte do Gozo, pero sin gozo ninguno. El monumento conmemorativo de la visita del papa Juan XXIII es verdaderamente horroroso, y la inmensidad fría de lo que llaman albergue nos hicieron pasar sin apenas detenernos. Ya en Santiago se necesita casi una hora desde que pisas la primera avenida hasta que vislumbras las torres de la catedral. Después el callejón de Ánimas, plaza de Cervantes, vía Sacra, calle de Azabachería, plaza de las Platerías y por fin la Plaza del Obradoiro. Sólo entonces restan 33 escalones para llegar al Santo y abrazar su imagen.

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(Fotografías Copyright. Virginia Seguí Collar © 2007)