¿Pesimismo generacional?


Tomás Martín, 26-08-07

¿Cuántos años tenía usted, amigo lector, hace ahora treinta años? ¿Veinte? ¿Treinta? ¿Cuarenta? Tal vez ni había nacido: es posible que usted sea un mileurista que desconfía de la clase política y de una generación –la mía- que se dejó la piel por acercar a este país nuestro llamado España esa libertad que Cervantes definió como “uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos”, aseverando, por boca de Don Quijote, que por ella “se puede y debe aventurar la vida”. Le pido que vuelva la vista atrás, que por el espejo retrovisor de su historia personal contemple los acontecimientos ocurridos en su alrededor en los últimos treinta años. Seguro que tendrá muchas cosas que recordar y otras que olvidar, y que durante estas tres décadas transcurridas habrá luces y sombras en su vida. Pues bien, luces y sombras hay también en esta democracia que los españoles nos otorgamos, democracia que nadie nos regaló, en contra de lo que sostienen algunos revisionistas de nuestra historia más reciente olvidando quizá que existimos tres generaciones de españoles que la hemos visto discurrir.

Hay mañanas en las que tras leer los periódicos y escuchar los debates radiofónicos, fijo mis ojos en el estante de mi pequeña biblioteca donde conservo retazos de esa historia, libros que esconden lágrimas de exilados, de gentes que tuvieron que huir de su tierra en busca de espacios de libertad, esa libertad de la que hablaba Cervantes y por la que ellos estuvieron a punto de perder la vida. Al verlos, a los libros, no puedo evitar que acudan a mi memoria aquellos versos de Blas de Otero, esos versos desgarradores que bien pudiera haber escrito hoy el poeta vasco: “Otro año más. España en sombra. Espesa / sombra en los hombros. Luz de hipocresía / en la frente. Luz yerta. Sombra fría. / Tierra agrietada. Mar. / Cielo que pesa”. Me dice un amigo que el pesimismo me invade. Yo le respondo que puede que lleve razón, que mi mirada retrospectiva por el espejo retrovisor de la historia de España, mi historia, me acerca con excesiva frecuencia la España de sotanas y alzacuellos, de galones y estrellas en la bocamanga…

Soy un apasionado de León Felipe y a él recurro de vez en cuando para inculcar a mis hijos la idea de una España que nunca, nunca, puede volver a empuñar el hacha del odio y el rencor. Quizá por eso, cuando me piden opinión sobre el por qué del reverdecer de la idea de las dos Españas, el por qué del resurgir de los nacionalismos (central y periféricos), el por qué de la Memoria Histórica, el por qué de la Educación para la ciudadanía… llevado por el mismo impulso que en mis años de juventud me llevó a repartir “propaganda subversiva”, a besos clandestinos, a hacerme con libros prohibidos, leer a Lorca, León Felipe, Blas de Otero, Miguel Hernández, Bertolt Brecht…, tiro de esa “mi historia” y les cuento lo que fue aquella España de opresores y oprimidos, de púlpitos y confesionarios, de “o esto o la condenación eterna”, de buenos y malos, de pobres y ricos, de señoritos y lacayos, de sabios e ignorantes… Y cuando al final de mi discurso opinan sobre el contenido del mismo, dicen entender mi pesimismo, comprender el por qué deseo recobrar el impulso juvenil, el por qué tengo amigos curas y no piso una iglesia, el por qué paso de himnos y banderas, el por qué leo lo que leo, escucho lo que escucho, veo lo que veo y recuerdo lo que recuerdo.