Textos Creativos de Javier Muñoz Livio, Belén Pérez de Prado, Montserrat Villena Villena.


 Testamento   Por Javier Muñoz Livio

Repasemos ahora que el enemigo yace insensible: el pasado
como un manuscrito enfocándose en la tristeza
y esparcir sin apreciar lo ilegible para ofuscar el cielo
de tardes perdidas sobre la sombría falsedad del tiempo.
Acaso no fue la tormenta el dolor tempestuoso: mi cuerpo
lleno de belleza en el viento tranquilamente procreado
en aquella obra capaz de tener una solución sin copular.
¿Tiene todo esto algo que ver con aquello que sobrevive
cuando el corazón ha dejado de latir?

No perdamos la calma
el mundo es un bello rumor de noche cuando las flores
han depuesto la ternura en tus labios como un secreto
enfrentándose al candor de la eternidad.
El futuro empieza antes de concluir este orgasmo
que brota en las flores de tu lengua, ah y probé su sabor
como un muchacho que arrasa con furia el fuego trasparente
de nuestro amor.

Que gran ausencia de amor es la muerte
sólo queda el alma y su enemigo: huesos en tinieblas
sueños envejecidos
bondad innecesaria.
Repasemos ahora que las flores yacen marchitas: el presente,
mi cuerpo sentado sobre mi tumba, esta tumba que también
es tu tumba, esta vida que también fue la tuya.

Carne de Cañón Por Belén Pérez de Prado

Su llamémosle madre le nació como quien a dos piernas suelta una coz. Se amamantó con leche agria y descompuesto a empujones y collejas, entre escombros y sin pamplinas subió espoleado y con la lengua fuera la escalinata destartalada de sus años, a bocanadas de cinco en cinco, hasta perder la cuenta. Desgalichado, flacucho, escueto; arañado arañó, meado meó, mordido mordió. Con la señal de su cruz carcomida en su frente fue el más incisivo entre las hienas, le trataron como yunque y se creció en martillo. Fue cuchillo en la armería, fue verdugo a pelo, de los de soga y trampilla y traicionado por su vida perra fue lobo y traicionó.

 

Con su desgarro a la espalda fue puro nervio. Cruzó los charcos a dentelladas, se comió los muros de las trenas a pértiga y con su barbilla erguida como brújula machacó chicharras y moliditas se las metió como hormigas en fila por su vena y empotró renglones en su nariz.

Sus trazas eran de ¿para qué?, sus gestos eran de total…, su paso era tan ligero que daba lo mismo que él: absolutamente igual.

Y no tenía, choja, ni madrina, ni siquiera conversación. Unos decían que ignorancia, otros que tozudez, lo cierto es que vivió en un perpetuo apagón en su voz interior.

No hubo quién se detuviera en él, nadie que prestara sus manos para crujir sus liendres, no hubo nadie que lo viera agazapado hecho bala de acero en su cartuchera. Nadie descifró la honda explicación de su mirada vacante. Con excepción de los dos pájaros carroñeros que al bajar la marea se lanzaron a vaciar las cuencas de sus bolsillos, nadie, nunca le tocó.

 

 

In-decente  Por  Montse Villena Villena

Se acabó. He cogido a la indecencia por los pelos y la he arrastrado. Ahora ya, diga lo que diga, aunque de noctámbulos placeres se trate, me la traerá absolutamente floja.

Le he dado un par de cafés mañaneros y la he mandado con su tórrida madre, esa que le enseño a conjugar subjuntivos empalmes, sin tener en cuenta que, a la fuerza, los años nos ponen el suelo mas lejos y los riñones son una realidad palpable.

 

Me pregunto si alguna vez notó que el aire tibio olía a todos los matices que juró tantas veces comprender, o si la treta de calzarme en un descuido fue su única meta.

 

Me levanto de puntillas con el virginal cuidado de no desvelar su sueño, sin prender la luz poniente de la mesilla, porque se le empapan las legañas y, a mi, se me olvidan las verdades.

 

Hubo un tiempo que mi horizonte apuntaba versos en la mas descuida pared, por si pasaba y los leía, por si soñaba apretarme el pecho y exudar inguinales mordiscos pletóricos de deseo. Hubo un tembloroso tiempo.

 

Pero se acabó.

Aunque proteste el almohadón de los roces vespertinos y el golpeteo de la lluvia en el tejado se me antoje pasional como un gemido. Aunque tras mi espalda sienta el duro roce de su amante compás.

 

Voy a volverme decente y seca flor para poder taponar la herida, aunque vuelva su silbido al poyete de mi ventana con su idílico trino.