Textos creativos de Pilar del Campo, Sagrario Hernández, Pilar Moreno, Victoria Pereira


Pilar del Campo: Beso de Fuego.                          beso-de-fuego-pilar.jpg Nicolau Raurich. “Sin título”

Un buen día nos presentaron y me llamó la atención su capacidad de seducción, pero yo, tan poca cosa a su lado, pensé que nada debía temer.

Era amigo de mi amiga Sara, y yo con Sara íntimas de hace más de veinte años: que si quedamos a comer; que si quedamos a cenar; que si alguna noche ha pernoctado en mi casa cuando la velada se ha prolongado hasta el amanecer.

Sara y él también quedaban de continuo. Hasta el punto de pensar si habría algo entre ellos, a lo que Sara, siempre tan resuelta, contestaba que no. Que era cierto que la acompañaba muchas veces, que era su seducción era grande, que sus ganas de conquista eran enormes, que se volvía loco con las piernas desnudas, que era tórrido… pero que a ella por el momento la respetaba. Sabía que muchas otras amigas de Sara habían caído en su calor: las piernas, los pies, las manos… para acabar todas igual: dolidas y más dolidas, sin ganas de volver a verle; sin querer hablar de él y menos con él.  La mayoría habían jurado huir; pero otras, en cambio, pese al sufrimiento, inconscientes, habían vuelto al coqueteo para acabar de nuevo presas de sus ardientes redes.

Me lo contaban y no me lo creía. Sí le conocía; habíamos estado próximos más de ocho o diez veces, pero siempre pensé que mis piernas no eran su tipo. Que yo ya no tenía edad para coqueteos, pues he de aclarar aunque me duela, que Sara es más joven que yo, y que las otras amigas de Sara también lo son: es lo que tiene la amistad, que llega, surge y se establece. Pensé que iba a pasar de mí, tal vez no era su tipo o, tal vez, me iba a respetar. Pero ocurrió.

Llegó la primavera calurosa y yo, que de siempre he tenido unas piernas atractivas, las dejé al aire para que los primeros rayos hieran su efecto bronceador y beneficioso sobre la piel. Me llamó Sara exultante para que la acompañara, pero me advirtió que ira él. No puse reparos. Nos conocíamos y además iba a ser un momento. Pero ocurrió. Nada más verme elogió mis piernas (primer rubor). Luego, hizo varias tentativas de acariciarlas (sin conseguirlo). Y por último, con ese masculino gesto de galán arrebatador, sin mediar palabra, me plantó un ardiente beso en la pierna.

Me quedé paralizada. Primero me embargó la sorpresa. Después reproché su osadía. Y al final, me brotaron dos lágrimas ante su inexpresiva mirada de triunfo, mientras mi dolido ego pasaba a formar de dos negras listas: la de sus de triunfos y la de las marcadas.

Pedí a Sara que me llevara de vuelta a casa. Él, con toda desfachatez también nos acompañó. Mientras me despedía de mi amiga le rogué al oído: “Ten mucho cuidado y no te fíes”.

Y aquí estoy en mi casa, con la pierna en alto, vendada, protegiendo la enorme herida que me hizo el beso de fuego del tubo de escape de la moto de Sara.

Sagrario Hernández  : Asco   ( homenaje a M. Hernández)

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Vengo de morir de nuevo,
regreso de la muerte y de la
sinrazón y siento mi garganta
atenazada
por gritos, por lágrimas,
por palabras a medio construir:
inaudible la voz
anegada de sangre
contra tapias encaladas
de viejos cementerios…

La historia se ha de alimentar
-por mucho que le duela a la memoria-
de imágenes sin luz,
de susurros, mordazas, estruendos
y metralla
cuando la muerte aún
no ha pagado el peaje
que exije la justicia
equilibrante.

Alacranes de fúlgidas medallas
inocularón
veneno,
destrucción,
horror interminable,
poniendo así una lacra
que sigue perdurando en las entrañas
de esta casa común e inmerecida.

Vengo de morir de nuevo,
regreso de la muerte
y de la sinrazón:
millares de cuerpos
fueron siembra de sangre, de miedo,
de dolor, y ha sido la cosecha
de tanto desatino,
una falacia inmensa
que ya no se sostiene por si misma.

Cien o mil años serán necesarios
para borrar la huella,
o que ésta no sea al menos tan profunda,
y puede que aprendamos a tocar, entonces
-sin que el asco nos lleve al precipicio-,
la cicatriz enorme
del vientre de esta patria
de rostro rojo y gualda.

                                                            

 Pilar Moreno: Buscando las huellas de Frans Hals

grupo-familiar-ante-un-paisaje.jpg

(Grupo Familiar frente a un paisaje-Hals.  Tomado de

 http://www.museothyssen.org/thyssen/ )

En Haarlem no queda ni sombra de un acento español, a pesar del tiempo de asedio y la presencia de los Tercios impuesta a la ciudad. No le sirvió mucho a Fadrique Álvarez de Toledo su empeño, pues en escasos siete años tuvo que largarse con sus tropas definitivamente y los holandeses eligieron a Guillermo de Orange. Tampoco es mucho lo que queda de lo católico en la Gran Iglesia de San Bavón después de que los Protestantes hicieron desaparecer cualquier vestigio con su Reforma. No es difícil imaginar a esta iglesia gótica -ahora desnuda de imágenes- en su apogeo religioso. Varias capillas de muros encalados, el púlpito, el baptisterio, unos monumentos funerarios y tumbas en el suelo, sin olvidar los tapices que pintaron en los pilares alrededor del coro -y que durante todo aquel tiempo mantuvieron cubiertos con capas de cal- siguen conservando toda la grandiosidad de entonces. Es precisamente en el coro de esta iglesia donde descubro, en una lápida, el nombre del pintor. Un sitio con historia para quien no pudo pagar su funeral.

Hoy soy yo quien está aquí en Haarlem. Trescientos cuarenta años después de la muerte de Frans Hals parece que me voy a encontrar con aquel niño que llegó de la mano de sus padres desde Amberes. Me hubiera gustado conocer a ese pequeño emigrante, saber de sus inquietudes, saber si le fue fácil adaptarse a la gente, a la ciudad, hacer amigos. ¡Hay tan poco conocido de esos años de su vida, incluso la fecha exacta de su nacimiento no se sabe con certeza! Quizás fue un alumno tranquilo y observador, aplicado en el manejo del pincel, impregnados sus ojos del color claroscuro de las aguas y del paisaje a su alrededor. Un joven que se hace hombre con inquietudes, casado, viudo y que se vuelve a casar, y que pasa por el trance de ver también morir a uno de sus hijos.

En Haarlem -una ciudad que tampoco es la mía- el viento tiene un roce húmedo que hace sentir la proximidad del mar y la presencia de las dunas. Estos paisajes llanos, de horizontes infinitos, -influidos por el agua y el clima húmedo- no fue el tema escogido por Frans Hals como tema de sus cuadros. Él dirigió su corazón hacia el retrato, género nada fácil al tener que enfrentarse a los deseos, exigencias y críticas de los modelos. Sin embargo, Frans consiguió dejar su sello personal con una composición austera en la que dejaba ver la vida y la personalidad de los personajes retratados.

Pero sigo buscando a Frans. Este viaje me lleva a través de la ciudad -que parece estar aún impregnada del olor de sus pinceles- hasta un edificio del siglo XVII con una fachada de la época, donde se puede ver un escudo y la imagen de un anciano. Es muy probable que Frans presenciara la construcción de lo que en su tiempo fue una casa para hombres de edad avanzada y sin medios, y que pasara con frecuencia por estas calles empedradas, presuroso, hacia un nuevo cliente. ¡Cómo iba a saber él que años más tarde sería un museo que llevaría su nombre!

Los alrededores tienen un aire de nostalgia. En el aire acogedor e íntimo del museo, la presencia de Frans -entre otros que con él vivieron la época dorada de Haarlem- se hace real.  Me acerco atemperando mis pasos en el suelo de madera para no perturbar su tiempo. Allí me encuentro con Jan van Goyen, Nicolaes Berchem, Hendrick Vroom, Jacob Ruysdael, Maerten van Heemskerk, Esaias van de Velde… y por supuesto Frans Hals. El espacio se hace amplio para acoger a algunos de sus retratos en grupo: Regentes y Oficiales de la Milicia del Orden, que muestran su posición y prestigio desde los lienzos. Lanzas, capas, espadas y brocados, insignias, elegancia en la composición y en la elección de colores.

Pero yo echo de menos el retrato individual, donde el personaje aparece como protagonista en su entorno familiar y de la sociedad que le tocaba vivir. Retratos de encargo personal para colgar en el interior de sus casas. Como estos dos: Pareja de esposos (Isaac Massa y Beatrix van der Laan, ricos comerciantes) y Grupo Familiar ante un paisaje, que un día me hicieron ser incondicional del pintor para siempre. Así, para llegar a conocer al artista tienes que acercarte a los cuadros como hice yo, y descubrirás que Frans Hals puso su voz en los símbolos para contarnos sobre el amor y el afecto, sobre la fertilidad y lo frágil de la vida, de la fidelidad en el hombre. Gestos, expresiones, sentimientos, detalles en el vestir: dedicación y delicadeza en la mano del pintor con el material y el trazado.

Para los antiguos, un museo era un lugar sagrado, un templo para las musas. Sin embargo, el museo Frans Hals en Haarlem tiene mucho más de hogar que de sitio reservado: fue residencia de hombres ancianos y después acogió durante otro periodo a los huérfanos de la ciudad. Me he sentido a gusto en este edificio generoso de luz, con ventanas a un jardín interior donde aún se respira el ambiente de entonces, y que es parte de una ciudad que me mostró las huellas de Frans, una ciudad que se hizo grande a medida que a él le iba faltando su tiempo.

Grupo familiar ante un paisaje: Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid

Pareja de esposos: Rijksmuseum, Amsterdam

www.franshalsmuseum.nl/

www.artehistoria.jcyl.es/genios/museos/421.htm

www.amsterdamguia.com/excursion-a-haarlem/32/

Victoria Pereira: Será Ceniza  ninos-malevitch.jpg ( “Niños”. Malevitch)

La infancia sin rebeldía se volvió ceniza y la noche sigue en vela, mientras… “los niños fusil” no llegan a ser felices  allá donde nace el sol.

Ha fracasado la humanidad en su rumbo, ha permitido que la ilusión choque con el odio para ocultar la hambruna.

Ingenuamente los niños cambian de dueño, con:

ojos fantasmagóricos de una desnudez violada.

Una soberbia que no distingue amores

y una mentira en su piel de héroes.

Ante todo, piensan que matar es patria, detrás,

desaparece su primavera en barros…

Cruzo la línea de los pensamientos y vacilo entre sollozos reprimidos; quisiera convertirme en cuerpo celeste para hundir en el silencio a las voces que engañan.