Mi querida España


Con la firma de Tomás Martín

Hace dos años ahora, publiqué este artículo que recordé hoy mientras pretendía escribir para esta revista. Está tan de actualidad, a pesar del tiempo transcurrido, que decidí republicarlo en este medio.

La transición de la dictadura a la democracia –modélica, según refleja la gran mayoría de tratados de historia contemporánea- no llegó a resolver muchos de los problemas que desde hacía tiempo estaban latentes; incluso, para evitar exceso de ruido en una tarea que se presumía larga y difícil, no se “hizo leña” de la historia más reciente. Así, la lectura que las fuerzas democráticas hicieron del franquismo fue tan permisiva que, con tal de no enturbiar la convivencia, se entró en el proceso constituyente sin que gran parte de las heridas de la posguerra y de los cuarenta años de dictadura hubieran sido restañadas. Es ésta una asignatura pendiente que tarde o temprano habrá que aprobar si queremos superar el recuerdo de un tiempo oscuro de nuestro pasado. Y habrá que tener cuidado a la hora de afrontar el examen, pues de un tiempo a esta parte circulan por las librerías textos de tratadistas cuyo contenido distorsiona un tanto la realidad histórica, en un presumible intento de contaminarla y minusvalorarla; o, sirviendo a no sé que espurios intereses, desenfocarla con intención de confundir al respetable.

Quines vivimos y padecimos gran parte de ese tiempo oscuro, tenemos la sensación de que nos quieren cambiar el discurso. Pretenden, sin disimulo alguno, que suframos todos de amnesia y no recordemos lo que fue la ausencia de libertades durante décadas. Para ello, recurren a un desmedido aparato propagandístico que se encarga de proclamar “su verdad” y ningunear la de los demás. De ahí la efervescencia de movimientos que suponíamos desterrados; de actitudes alejadas de la realidad que hoy vive el pueblo español, ajeno en su mayoría a ese tejemaneje calculado y apocalíptico gestado, al parecer, con la intención de hacernos retornar a tiempos ya superados.

Si uno vuelve la vista atrás y contempla lo que fueron los años setenta y principios de los ochenta del pasado siglo -y hace una lectura objetiva de los mismos-, traerá a estos primeros años del siglo XXI la sorprendente imagen de una España en la que encontraron acomodo casi todas las fuerzas del anterior régimen. Existieron y existen tal cantidad de conversos, tal magnitud de entusiastas abrazando los valores que la democracia encierra que, el pueblo llano, absorto quizá con el devenir de las libertades, apenas percibe cómo presumen de demócratas quienes, a la mínima, les asoma la vena de la intolerancia cuando las normas de convivencia no se ajustan a sus cánones. Algunos, entrados ya en años, han permanecido incólumes navegando por los entresijos del poder (social, político y económico) sin que su figura -otrora en posicionamientos radicales, ahora en otros que no lo parecen tanto- se viera afectada. Y, además, han procurado rodearse de delfines, de discípulos aventajados que vieron en la democracia la tabla de salvación, aparcando entonces sus principios con tal de ocupar hoy un lugar privilegiado dentro de la nueva situación, como auténticos valedores de la causa que nos ocupa desde que en 1978 nos dotáramos de nuestra actual Constitución a la que, por cierto, algunos de esos demócratas de nuevo cuño dijeron “No” y hoy la consideran como suya en exclusividad.

Es tan sorprendente la lectura sociológica que se puede hacer de nuestra evolución -desde el inicio del proceso democrático y tras nuestra integración en la Unión Europea-, que quienes se encargaron de resucitar viejos tópicos, eclipsados durante largo tiempo por la fuerza de la democracia, elevan hoy el tono de voz -apoyados por ciertos poderes fácticos- con la supuesta intención de reverdecer los ideales de aquella etapa de dominación que condicionó el desarrollo y la coexistencia de la España plural durante tantos años. Flaco favor le están haciendo a la derecha moderna que legítimamente quiere participar en el diseño del nuevo modelo de convivencia. Y es que, nostálgicos de un pasado cargado de prebendas, siguen sin asumir que hay otras formas de ver, sentir y hacer España. Al menos la España de todos, no la suya.