Textos creativos de Maria Ángeles Cantalapiedra, Borja de Diego, María Luz Landesa.


  Maria Ángeles Cantalapiedra: Los Monólogos de Eva

A veces, cuando vago en el olvido y me dejo mecer por la desidia, siempre termino pensando que nací para ser gaviota. Gaviota contemplativa del horizonte, atisbando mareas y huracanes, observando la serenidad de la calma chicha.

Un día, hace muchos años, era yo aún muy niña, me plantificó mi padre en un muro de un puerto pesquero a ver salir a lar mar a los pescadores y sus redes. En la poyata donde estaba, llegó una gaviota que, con elegante ademán, sentí que me daba los buenos días. Del susto, osé no respirar hasta que no pude más y robé al viento todo el aire de que era capaz. Doña Gaviota me miró curiosa; yo también la miré de reojo y noté que su curiosidad iba más allá de los que mis sentidos podían abarcar. Quise imitarla, pero no me dio tiempo; voló tras el sonido del barco sumándose a una estela de gaviotas que surcaban un mar plácido, despertando en un día luminoso. Las oí cantar y cerré los ojos para guardar en mi memoria aquel instante efímero.

Al día siguiente, estando en la playa, la vi llegar. Sabía que era ella, mi instinto me lo decía. Se aposentó, de nuevo, junto a mí. Yo escarbaba la arena, y ella bebía de agua que brotaba. Quise imitarla y acerqué mi nariz a la tierra; fue aquel instante cuando el aroma a salitre se mezcló en mi esencia hasta convertirme en hija del mar.

Esta vez, me dio tiempo a examinarla con detenimiento. Era blanca con vetas levemente agrisadas. Un pico largo y amarillo; el contraste era espectacular. Tan ensimismada estaba con Doña Gaviota que no sentí, al principio, el tintinear de la lluvia ni siquiera arreciar el trueno; ella tampoco… Estábamos imbuidas en un mundo aparte, donde la sensibilidad humana pocas veces entra. Cuando mi padre avisó, ella presenció con absoluta calma mi partida y, a continuación, volvió a mirar al horizonte enfurruñado de gris y noche y, elevando su cabecilla, comenzó un cántico coreado por multitud de gaviotas. Al día siguiente me fui y nunca la volví a ver, pero siento que la llevo dentro, que hubo un milagro que la ciencia no podría explicar aunque se lo propusiera.

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Hoy, muchos años después, mi cuerpo de niña me ha abandonado, ahora en mi piel surcan cicatrices blancas, mi pelo se viste de ceniza y por mis dedos emergen letras en amarillo.

Cuando me falta el aire, si puedo, me escapo al mar más cercano a tumbarme boca abajo, a la orilla de la ola, y barnizarme del salitre que me falta, a rociar mi espíritu del mensaje del agua al llegar a puerto que canta a esperanza en un mundo de incomprensión.

Me gusta reflexionar en el silencio del oleaje, mirar al horizonte y preguntarme por qué no entiendo al ser humano, por qué yo soy lo que no quiero ser.

Así estoy hasta que despierto  con una trova de gaviotas que lamen mis heridas. Sé que mi cuerpo no posee alas, pero sí mi imaginación. Ella vuela tan alto como mis gaviotas y emigra a los mares del sur cuando el temporal arrecia el alma de Eva que llevo dentro.

A veces, cuando vago en el olvido y me dejo mecer por la desidia, siempre termino pensando que nací para ser gaviota y, como tal, pinto en una cuartilla mis vuelos rasantes con plumas cenizas, alimentando mi sed con los peces lectores que pesco en un mar de letras.

 Borja de Diego Lozano: Eres la fórmula química con que desmentiré la gravedad

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La vida se me aglutina

entre los dedos.

Progresivamente,

tienta con deslizarse

hacia tu cuerpo abierto

como una bahía sin nombre,

dejar al descubierto

un idioma de tentaciones,

caricias inéditas

que fecunden este instante.

Eres un ritual

de amaneceres inflamables,

un homenaje viviente

a nuestras noches invencibles.

Eres la solución química

frente a la muerte mimada

que nos toca.

María Luz Landesa: Está Rondando la calle la Virgen de los Consuelos

toulosse-lautrec.jpg( T. Lautrec).

Está rondando la calle la Virgen de los Consuelos, sangran sus pies, en nombre de todos los miedos sobre los que danzó con sus tacones torcidos. De sus ojos cuelgan pesadillas, pero en su contorno, se adivina la belleza que vivía sobre ese esqueleto, que permanece aún, en situación de.

-Presente y firme, señor.

Sabe que huele a demasiadas camas y billetes de cuarta mano.

Tanta falsa moneda,

tantos besos de nadie,

tantos amores de pago, que no la miraron a los ojos, por ignorar que los tenía, de tantos ríos de llanto que brotaban de entre sus pestañas cuando gozaba, cuando reía, cuando el respeto le acercaba la silla.

Sabe que su aliento es vinagre.

Sus dientes rotos, los cuerpos de los delitos.

Sus manos cianóticas, el estigma de ser quien es, quien fue.

La virgen de los Consuelos, que pagaría con la muerte, poder comprar un mendrugo de ese amor que vendió a precio de saldo, cuando toda ella era nata.