Más Gótico, menos Hierro.


 Hace unos días leyendo un artículo sobre jardines, pensaba en la forma tan enemiga que tenemos de poblar las ciudades. En la manera tan extraordinariamente perfecta con la que nos complacemos en jorobar la habitabilidad y el entorno de los lugares donde residimos. Sin que parezca tener mucho que ver con lo que digo, me viene a la mente que la ministra Narbona ha echado hacia atrás un proyecto  de carretera porque pasaría por un entorno donde hay especies protegidas. No voy a entrar en el proyecto- creo que en esa zona es necesario un acceso cómodo y también creo que las especies protegidas merecen todo el cuidado y la sensibilidad del mundo- pero he unido los dos hechos y me encuentro pensando en lo diferentes que somos de los ciudadanos griegos o romanos, a la hora de tener un paisaje ciudadano amable y acogedor.

Claro que soy ingenua, como el lector pensará. Sí: me gustaría que nuestras ciudades tuvieran más parques, más espacios verdes, más jardines, más bancos para sentarse, más plazoletas con farolas, más soportales para la lluvia, más cafés-concierto, menos rascacielos, menos edificios  donde no se vive sino que se enlata la vida. Más gótico, menos hierro.

No sé cómo piensan los arquitectos de hoy- lo del Prado y Moneo, y la ampliación queda para otro número de esta Revista y hablaremos despacito- pero cuando leo que se van a construir doscientas viviendas en solares, y veo los planos,  siento que allí no se puede vivir, sino ir muriéndose poquito a poco, de ladrillo, de cemento, de estrecheces, de ausencia de jardines y pájaros. Como si nos estuvieran construyendo un futuro donde existir fuera un milagro en vez de lo que debería ser: un derecho.