Hola amigos, ¿cómo están? Yo, como siempre, con ganas de contarles historias. Hoy vengo con un tema muy calentito con el cual espero saber sus opiniones… En una conversación sobre cine, después de haber visto una película española que próximamente recomendaré porque no tiene desperdicio, salió el tema del cine español y a mí me pareció asunto para plantear en esta Revista y a mis lectores: la situación del cine en España (enfermedad extensible a cualquier país) en toda su amplitud. Es decir: desde que el joven comienza a soñar en meterse en ese mundo tan onírico como fascinante, hasta que una película llega a la gran pantalla.
No soy ninguna experta del mercado cinematográfico, ya lo saben, y todo lo que voy a decir me lo dicta el sentido común, que vaya por delante…
Los comienzos de cualquier muchacho/a a ese mundillo son despistados. Primero, son tan jóvenes que pocos tienen una idea clara de cómo desean pasar el resto de su futuro y, claro, muchos caen en el camino; normal, rectificar es de sabios. Otros, los que se empeñan, ven sus sueños un tanto coartados: los padres les miran como bichos raros ya que han dilucidado para sus hijos un futuro prometedor como médico, abogado o como fontanero; nunca como un cineasta.
Superada la barrera se van a pasar tres años a la universidad pública donde hay excelentes profesores, pero las prácticas se ven muy empobrecidas. ¿Por qué? No tienen medios suficientes para que los chicos aprendan no sólo la teoría, sino con lo que de verdad se hace visible los conocimientos aprendidos: la práctica.
Los jóvenes con suerte, quizá sus padres, les puedan pagar una escuela privada de renombre donde sí priman los ejercicios y destrezas adquiridos, y el número de alumnos es mucho más reducido, con lo que se puede aprender más y mejor. Eso sí: a los papás les cuesta un ojo o dos y hasta tres… De esto, tengo mucha experiencia, amigos.
Cuando terminan, lo mejor es hacer un master, ¡qué vergüenza!, hay que empeñarse casi como cuando te vas a comprar una casa para pagar esas especializaciones que están tan de moda. Hoy no te comes un colín si no tienes uno o dos. En las empresas más boyantes puntúan altísimo estos conocimientos… Pero si el chico no tiene el maravilloso master de turno porque no tiene dinero para pagarlo, ¿qué hace? Dedicarse a lo primero que salga.
Hasta aquí, la película de los inicios es para todos igual; da igual que seas ingeniero, bombero o cineasta. Muchos tienen que irse al extranjero para hacer realidad su sueño; eso lo sabemos todos y, sólo unos pocos, poquísimos, volverán a casa triunfantes (caso Tamara Rojo, Penélope Cruz…)
Yo, por esto, no me alarmo, de verdad se lo digo; es triste, sí, pero a los chavales les hace madurar, dar valor a ese amor que les ha arrastrado fronteras en busca de un sueño. Incluso, si me apuran, el intercambio cultural les enriquece sobremanera para tratar su carrera con el desvelo y el respeto de un verdadero profesional que sabe lo que tiene entre sus manos.
En las universidades de artes cinematográficas y escénicas no hay una plaga de estudiantes como en derecho, es cierto. Es un grupo minorista pero, aún siendo pocos, no todos valdrán, tampoco nos engañemos, sólo triunfarán unos pocos, muy pocos (ahí tenemos a nuestro genio Amenabar) Muchos se llevan las manos a la cabeza “no tienen ayudas”… Que no, que ése no es el problema de nuestro cine.
Con todos mis respetos a directores y actores míticos: a mí el cine español me parece un tostón y, para remate, malo.
El cine, Señores, es un negocio, primera verdad irrefutable. Son las productoras quienes parten el bacalao y ofrecen lo que el espectador quiere aunque sea de mal gusto (caso de “Torrente”)… ¿Qué pasa con los escritores, pintores, modistos etc.? O tienes un pirado que le sobran los millones y te financia, o un loco mecenas que te apoya… O, un padrino que vele por un supuesto pitagorín. Digo lo de supuesto porque es probable que no valga un pito, pero como es “hijo de”, pues le ponen en bandeja los medios necesarios… Pero, amigos, estos pasa, por desgracia, en todos los terrenos de la vida; segunda verdad irrefutable.
El tercer mal de nuestro cine y, aquí sí que meto el dedo en la llaga, es la panda de snob que van de progres y que no saben nada del respeto y la tolerancia. Que transitan de intelectuales -un momento que me sonrojo porque siento vergüenza ajena- y apenas saben quién es Lope de Vega. De Cervantes, algo, porque mola mucho ir a leer en el día del libro ante las cámaras algún párrafo. Muchos no tienen ni los estudios elementales, ni siquiera saben lo qué es España pero, ¡ojo! se ven iluminados por una gracia divina para sentar cátedra ante estupefactos oyentes… Permítanme que dude de la responsabilidad de su trabajo y que piense convencida que lo único que les mueve es el calorcito de las monedas en su bolsillo.
Y, aunque he dicho que no me gusta el cine español, sí afirmo que me gusta el otro cine español, ése que, quizá, seguro, no sale en el papel couché vestido de Dior con estola de visón (dirán que es artificial; no es progre matar animalitos de esa índole), que no andan de defensores del ciudadano de a pié, ese que se levanta a las seis de la mañana para subirse a un andamio y, así, sacar la familia “p’alante” No, no son esos señores/ as que se les llena la boca con decir que pertenecen al séptimo arte, que se pasan el día pidiendo subvenciones y mezclando, como dicen en mi tierra, churras con merinas.
El verdadero intelectual de una pantalla a punto de iluminar el embrujo que produce dar vida a una historia hecha de miles de frecuencias fotográficas, camina de puntillas hablando bajo, esmera su palabra por mostrar su amor al cine de verdad, que conversa y dialoga para dar a conocer sus conocimientos y, así, encender la llama a jóvenes que emprenden el duro camino que ellos mismos hicieron muchos años atrás, sea de director, guionista, actor… Lo demás, amigos, es hablar se sublimes falacias y ése es el terrible duelo que esgrime el cine español: sólo hay focos y alfombra roja para aquellos que bailan las aguas turbulentas de los altos estamentos, esos que manejan nuestros impuestos para dárselos a quien les dé la gana… Y van de progres… Me pregunto, ¿no seré yo la progre y ellos los capitalistas?
Estoy harta del cine burdo cuyo recurso son escenas de cama más largas que un día sin pan. De historias, tan retorcidas, que salgo del cine con dolor de tripa. Del chiste fácil y soez, de las tetas de la musa de turno que las muestra hasta el aburrimiento… Ése no es mi cine.
Quiero miles de Garcis, Amenabar, Bielinskys, Berlangas diminutos, que se les apoye para que nos estremezcamos de placer, sintamos el orgullo patrio de que este chico es de mi tierra, que nos enseñen lo bonito que puede llegar a ser el cine español… Vayan, que vayan, ¡leñe!, y vean cómo trabajan en Argentina que da gusto ver sus películas llenas de encanto, ternura, realidad y entretenimiento… Mientras, seguiré esperando el milagro de Petinto y, por favor, no me cuenten lo malito que esta el cine español. Son los que hacen ese cine los culpables de que le suba la fiebre, que sea incomprendido y maltratado. Pero, a mí, que no me obliguen a ver lo que no me gusta; ya bastante tengo con saber que mis impuestos van a bolsillos no deseados…, mientras mis Amenabar y Garcis diminutos no brillan porque no hay ayudas para ellos.
¡Hasta dentro de quince días, amigos!
Maria Ángeles Cantalapiedra.