Los Premios: Por: Borja de Diego. Sombras y Luces de los Premios. Por: José Julio Perlado.
Comer a veces es importante para seguir escribiendo (Borja de Diego).
La lección es el trabajo artesanal cuidadoso, el esmero en superar silenciosamente las etapas aunque nunca haya aplausos.( José Julio Perlado)
Los Premios. Por: Borja de Diego Lozano.
Ah, sí, los premios. Los premios (por si cabe el despiste) son ese amplio espacio que se rellena y con bastante orgullo en el currículum de cualquier autor. Cualquier autor que se precie debería, al menos para no hundirse moralmente, haber ganado algún premio en la vida. Entre otras cosas, porque son la vía más rápida para la publicación, más allá de revistas y antologías, y porque inyectan una cantidad económica (que comer a veces es importante para seguir escribiendo).
Ahora bien, los premios -en este caso literarios, vamos a englobar lírica, narrativa y ensayo- son como las tiendas de ultramarinos. Muchos. Y muy diferentes. Aunque en casi todos podemos encontrar las mismas pautas:
Para empezar, la falta de criterio. Me decía un editor en un bar un día, a la sombra de buena cerveza, que las editoriales que se limitan a publicar premios literarios son consideradas prostitutas. Y, en verdad, entiendo por qué: cuesta mucho leer un libro premiado. Porque, aunque haya excepciones (y suelen ser notables, ya que los escritores buenos a veces y a pesar de todo también ganan), los libros premiados suelen decepcionarme, y aquí hablo por mí, mucho. De hecho, soy dado a regalar libros premiados, que me han regalado con anterioridad. No lo considero honesto, desde luego, pero para no leerlo y que coja polvo lo regalo. Y es que, da igual que sea un premio local, regional, nacional o galáctico: la pregunta más frecuente suele ser la de “¿pero cuál es el criterio?” o, terriblemente, “¿por qué?”.
Luego está el asunto del número de versos y el enviar obras inéditas no premiadas ni pendientes de fallo. Aquí, la lógica de las editoriales o lo que sea que son los convocantes del concurso es aplastante: todo escritor tiene 5.000 poemarios que enviar a 5.000 concursos diferentes. Si, en cambio, un cortometraje o una película pueden ganar -y por tanto, presentarse- a todos los concursos que se estime oportuno, un poemario sólo puede presentarse a uno y esperar a que finalice. Para, claro, estar seis meses esperando a que nos notifiquen que no hemos ganado (en ocasiones, señalando que “Joselito Pérez ha resultado ganador con su obra Poemas para mi abuela”).
Por último, el asunto de las copias. Vale que tengamos que mandar nuestro libro a un premio porque las editoriales no sepan reconocer un buen poemario. De acuerdo. Vale que uno acepte el juego de tener unos cuantos meses quieta la obra y se mantenga a la espera del jurado. Vale enviar el manuscrito por correo postal. Pero señores, ¿qué justificación tiene mandar 6, o 7 copias, o 20? Cuando, la realidad es ésta: no se leen. No llegan a ser leídos, y es normal, la mayoría de las obras que se presentan. O no al menos con el tiempo y la atención merecidas. ¿Qué ocurre luego con tanto papel? ¿Se recicla? Los concursos proliferando y el Amazonas herido…
Lotería, amigos. Los concursos, por desgracia, son pura lotería. Y, si nos toca ver con pesar cómo se ensalza arena, cómo se trata como recién llegados del Olimpo a escritores que no dijeron nada, que no llegaron o que, simplemente, no, si nos toca ver esto, también está lo otro: los pequeños (y a veces grandes) grupos que se esfuerzan, los concursos de verdad, con un criterio fuerte y generoso, pero crítico, cuando el objetivo es publicar poesía. Los verdaderos concursos de poesía, que son pocos, pero pueden permitirse el lujo de no bajar la cabeza.
Así pues, escribir y jugar a la lotería. Eso es la literatura en estos tiempos modernos.
Sombras y Luces de los Premios. Por: José Julio Perlado.
A veces los Premios llegan cuando uno aún no está maduro ni en sazón para valorarlos. Lastran en vez de ayudar. Son espejuelos o flores fosforescentes por estar muchos entremezclados y porque el autor o la autora creen que con eso han conseguido alcanzar el borde de la fama. Como tantas otras cosas del mundo literario y artístico, las mareas de las publicaciones y las exposiciones invaden orillas de actualidad, pero la actualidad se sustituye inmediatamente por otra oleada de corriente efímera, y el Premio va y viene entre las olas muy poco tiempo: sólo le dará peso la constancia. Foxá, hablando de Estados Unidos, se refería al “peso de la púrpura”, y aquí ese peso de púrpura que arrastra la capa con la que el Premio se envuelve puede hacer que el premiado se sienta agarrotado por tanta responsabilidad que su próxima obra quede indecisa, pobre o dubitativa. Delibes siempre dijo que la novela menos conseguida entre todas las suyas era la que alcanzó el Premio Nadal.
Por otro lado hay Premios que llegan tarde. Se ha dicho que hay que temblar cuando a uno le empiezan a hacer homenajes. Es que saben que uno está en el ocaso y que el fin se precipita. Hay Premios a una vida que se dan no cuando la vida está madura sino cuando la vida dobla ya la esquina del agotarse. Aplausos requeridos a una muchedumbre a la que tácitamente se le advierte que el premiado se va de la escena. Hay Premios, pues, para todo.
Premios geopolíticos, como el Nóbel, interesado en calcular falsos equilibrios en lenguas, idiomas y creaciones. Ni todos los Nóbel lo han merecido ni muchos, aun cuando hayan postulado su candidatura, han conseguido el galardón. Después viene el cortejo de las influencias. Lo mismo que los académicos piden ayuda a padrinos para su próximo enlace con la Casa que fija y da esplendor, llega el cortejo de quienes van y vienen de traducción en traducción, acercándose a los dominios suecos para intentar que el Rey los corone.
El Premio no puede engañar. Pueden engañar los jurados pero el premiado no puede engañarse a sí mismo. Sabe que esa es una piedra más en el recorrido de su quehacer cotidiano y sólo el esfuerzo de una labor en la que no quiera ser mejor que los demás sino mejor que sí mismo le llevará a esas aguas tranquilas donde reside la honda satisfacción. La Historia de la Literatura es la lección de los contraluces. ¿Qué ha quedado realmente de Galdós? ¿Qué de Palacio Valdés? ¿ Qué de Pereda ? ¿Qué de Miró o de Pérez de Ayala? Cada uno y cada época coloca sus gustos en el sitio preciso y el viento nuevo de cada generación voltea lo que pareció resistente. En los Premios ocurre algo parecido. Si se ponen en una estantería los grandes Premios literarios del mundo, nuestra mano escogerá dos o tres que han sobrevivido dignamente.
Por tanto, bienvenidos los Premios necesarios siempre que el que los reciba aprenda la lección. La lección es el trabajo artesanal cuidadoso, el esmero en superar silenciosamente las etapas aunque nunca haya aplausos. En la soledad del creador los Premios deben quedar en su sitio. Es la obra conseguida con esfuerzo de ese creador la que tiene, con aplausos o no, que quedar en el centro.




Es una reflexión acertada sobre los premios, todos los premios. ¿Al escritor lo hace el premio? Claro que no; pero si hay escritores que han engrandecido y dado prestigio a los premios.
En mi opinión de Galdós queda todo.