El cabreo en el metro. Por: Olga Muñoz
Estoy enfadada, muy enfadada. Enfadada conmigo, con el mundo, con algunas personas, con algunos momentos.
Recorro situaciones, palabras que no debieron ser, miradas que jamás deberían haber sido miradas.
¿Hasta cuándo puede uno estar equivocándose? Hasta los 30, 40, los 60 ¿tal vez?
Recorro con una mirada el estrecho recinto que me rodea, de pié, empotrados unos contra otros, atravesamos espacios de tinieblas subterráneas. Las miradas huidizas se posan sólo algunos segundos en el de al lado. En aquél que dormita o aquella que, entre empujones, trata de dibujar una sonrisa con su barra de labios. Hace bien, sabe que sólo así va a sonreír al de al lado.
¿Qué nos está pasando? ¿Es verdad que somos cada vez más indiferentes? ¿Tendré que aceptar que todos procuramos mirar de reojo por no tener que implicarnos, ayudar, consolar, etc.? Las pocas conversaciones a mi alrededor son una evidencia de la crispación…
Frente a esto, cada vez son más los que se mandan sms, hablan y hablan con sus teléfonos móviles, llaman a programas de radio intentando encontrar un momento “amigo” …¿tan difícil es despojarse de las capas y capas de soberbia, orgullo, resentimiento y dejar salir al niño que todos seguimos llevando dentro y aceptar que todos necesitamos que nos mimen, acariciar, querer y sentirnos queridos?
A mi lado un niño y una niña viajaban en sus sillitas de bebé. El niño es un viejo conocido de mi recorrido habitual. Me he fijado en él varios días por sus rizos y su carita de pícaro. Ella una preciosa niña de piel morena y trencitas por toda la cabeza. Sólo han coincidido en tres estaciones, lo suficiente para al verse cogerse de las manitas y sonreírse mientras la niña trataba, a toda costa, ponerle su chupete a su compañero de silla.
*Referencia de la pintura: Haring: Sin título*





Sí, todos deberíamos volvernos niños alguna vez, quizá para volver a sentir la magia, para volver a ser buena gente, para volver a vivir sin pensar en el “estoy haciendo el ridículo” o qué pensarán de mí los demás… Para volver a ser libres, en una palabra.
Como siempre me gusta tu texto, Olga, porque no me deja indiferente su lectura.
Besos
Emma
Lujazo poder leerte, Olga.
Pero no tenemos la facultad de volver a ser niños, y aunque así fuera … no sé, como que temo que sería igual … y volveríamos a tropezar con la misma piedra.
Olga, muy acertado el texto.
Pilar