Una misma luna y dos geografías. Por: Pilar Moreno Wallace
Emigrar tiene mucho de olvido y más de pérdida. Las nostalgias son sólo la parte poética de cada historia personal, antídoto para luchar contra el tiempo que nos roba las imágenes que teníamos de siempre.
Emigrar conlleva la necesidad de sobrevivir en espacios que no son los nuestros; decisión que nos mantiene alerta en tan larga aventura, asimilando los hábitos, el ambiente, las tradiciones y la lengua, sin que se nos exija el sacrificio de la propia identidad. Esta integración concertada entre las dos culturas forma la herencia que se transmite a los que nos siguen, no dejando caer en el olvido el idioma, las costumbres, los sabores de esa otra tierra que las distancia nos hace mítica, preservándola de elementos contradictorios y de perezas. Esta convivencia es trascendental para el entendimiento entre ambas geografías, y ¡quiénes mejor que los hijos -portadores de ambas banderas- para conjugar esas imágenes! Ellos -conscientes de esa dualidad- interpretarán el carácter de los lazos que les unen a sus orígenes sin necesidad de definir, y traducirán en el tiempo más adecuado los sueños de sus padres hasta entablar la deseada relación.
(Emil Nolde: Mar al atardecer)
El pueblo que dejamos, la plaza, el árbol, la casa de los abuelos, el olor a los membrillos, la calle empedrada, el río o el mar … son estampas que pueden unirse, y convivir en perfecta armonía, a las experiencias que les ofrece su nuevo país: espacio, paisaje, historia, literatura, arte, comportamientos, manera de ver la vida. Eso se sabe; nosotros lo sabemos, pero para ello debemos conservar lo primigenio de nuestras vivencias y mantener fértil la memoria, porque también sabemos que sin la memoria no hay raíces, y sin raíces se acaba la vida. Esta convicción nos impulsará a iniciar un viaje desdoblado -y no sujeto a itinerario- entre las dos orillas, porque no es extraña la necesidad de ver y sentir la tierra de los mayores, cuando los años van deteriorando las imágenes y antes que nos pueblen de ausencias. Después serán los hijos los abanderados.




En primer lugar decir que yo no he emigrado nunca, pero sí he estado mucho tiempo si volver al lugar donde pase largas temporadas durante mi juventud y, en cierto modo creo que es algo parecido, sin embargo, su recuerdo siempre ha estado presente en mí, ha sido la memoria y no el olvido, lo que me ha permitido sobrevir a su ausencia.
Un fuerte abrazo, Virginia.
Profundas reflexiones, Pilar, expresadas con ese toque tuyo tan especial y delicado que te caracteriza.
Supongo que emigrar hacia otras tierras siempre es muy difícil y más cuando el cambio es tan drástico como el que tu viviste. Me ha gustado este texto y el título me parece precioso ya por sí solo.
Besos desde Asturias hacia esa otra geografía que ya has adoptado.
Emma Rosa
>
Conociendote personalmente, como tengo la suerte de haber hecho, he podido darme cuenta de que, efectivamente se pueden conjugar las raices con las nuevas situaciones y vivencias. Creo que el recuerdo, el caríño y sobre todo el respeto por todas las personas y sus culturas lo hacen posible y muy enriquecedor. Un abrazo, Pilar.
Pilar siempre es grata de leer , la sigo desde hace muchos años y… no me cansa.
Abrazos del mar de Lola
En ocasiones, a más del olvido y la perdida, se produce la esperanza de “reinventarse a uno mismo”, esta frase, que no es mía, de un gran emigrado judío me ofreció la posibilidad de caer en la cuenta de que uno puede recrearse-reinventarse más allá de la mentira que pretende perpetuar tu vida en pequeños hechos del pasado. Quienes se propusieron en su día “no cambiar jamás, repetir los errores, aun siendo conscientes de ello, una y otra vez sin admitir equivocación alguna, quienes afirman, con orgullo petulante, “de nacer lo haría todo igual”; estos mismos son los que marcan con su estigma al resto de la humanidad, la aldea global, en este círculo vicioso, se torna en algo sofocante.
Creces, creces como la espumo en belleza literario.