En el Nombre de Orión
“Poco a poco vas delimitando tu campo visual, acotando, hasta que de repente notas que la ves”
En el nombre de Orión
Olga Muñoz
Nos acogió la noche…
Y nos sentimos como parte del Universo. Era mi primera vez y me sentía un tanto extraña entre aquellos locos que llamaban a las estrellas por sus nombres y hablaban de ellas como de viejos amigos.
Compramos algunas chucherías, yo llevé un termo con café y pusimos rumbo a no se donde. Llevaba tiempo oyéndoles decir que iban “a ver estrellas” y que tenía que apuntarme algún día. Yo no tenía ni idea de como era eso, de adonde irían, pero me atraía enormemente, por lo que tenía de novedad.
Todos eran habituales de esas visitas así que intenté oírles y verles con los ojos y oídos abiertos y el ánimo cada vez más expectante.
Era una explanada inmensa. Extendimos la manta y nos tumbamos en ella en aquella nada obscura y fría. Era octubre y las una de la madrugada. Callados, quietos, con la mirada en aquél cielo que nos miraba como mira un padre a los hijos cuando duermen. Los primeros momentos son intentar abarcar aquel espacio infinito. Poco a poco vas delimitando tu campo visual, acotando, hasta que de repente notas que la ves, que ese ella, y que ella es la que te está observando a ti. Y se acerca y una nitidez azulada hace que la veas separada de todas las demás como si de pronto sólo existiera ella y es como si le dijeras: “eres tú a quien miro”, y lo entendiera.
El frío había empezaba a hacer mella y nos pusimos a montar los telescopios. Me parecieron enormes y muy muy pesados. Al final de la noche, me parecerían etéreos como los sueños. A mí, principiante total, me resultó muy difícil mirar por aquel pequeño espacio y tardé bastante en aprender a hacerlo. Hay que enfocar, primero un ojo, luego el otro, girar, ajustar el movimiento al de las estrellas. Es increíble lo rápido que se desplazan. En un momento dejas de ver lo que acabas de ver y ya tienes que corregir el enfoque. Toda una ciencia.
Aprendí nombres, a distinguir grupos de estrellas que forman figuras que por mucho que te esfuerzas, al principio no ves, hasta que, sin saber porqué las encuentras ahí justo en lo alto. Cuando eso pasa, cuando ellas son las que te miran, ya es para siempre. He mirado el Cielo después sin intención de mirar nada concreto y te das cuenta que es casi como reencontrar un amigo. Está ahí rodeada e otras muchas estrellas, pero ella, esa que viste ese día y te conquistó, está ahí como si fuera la única.
Pasamos horas en aquel lugar, olvidamos el frío, me enamoré de Orión, me di cuenta no de lo pequeña, sino de lo grande que me sentía porque en realidad, formaba parte de un Universo infinito. Prometí volver.
Y nos acogió la noche…





Una delicia leerte Olga… una vez más.
la verdad, es una maravilla observar el cielo en una noche despejada. Yo lo he hecho y siempre me ha asombrado. Sí, Olga, el hecho de formar parte de ese Universo nos puede hacer sentir grandes, y también de responsabilidad para valorar lo que tenemos. Me gusta el carácter confidencial que tiene el texto.
Comparto tu experiencia Olga, “Ellas nos atrapan” y ya no somos las mismas.
Me ha encantado leerte especialmente en una experiencia que he vivido.
Abrazos- fuertes- del mar
lola
¡Olga! me ha encantado tu texto, mu ha hecho retroceder en el tiempo y volver a aquellas magicas noches de mi juventud cuando en el pueblo salíamos, la pandilla, a pasear despues de cenar, durante el dia hacía demasiado calor; superábamos, cómo diría Alena la línea de las sombras, y en carretera que aún estaba caliente nos tumbamaos, todo el grupo, formando una especie de puzle, poniendo la cabeza en el estomago del otro, y entonces en la oscuridad de la noche el cielo se hacía presente y Fernando nos enseñaba las estrellas y constelaciones llamádolas por su nombre. Es ciertamente un gran espectaculo. Un fuerte abrazo. Virginia
Olga, leerte ha sido como volver a vivir esa juventud y esas noches de verano en la orilla de la playa, cuando me extasiaba mirando las estrellas y soñando…
Me ha encantado tu escrito.
Emma