Alenarte

Revista de actualidad cultural y artística

Aquellos cines de pueblo

Cine VictoriaHace unos días, en una de mis frecuentes escapadas al lugar donde nací, que no es otro que la palentina villa de Saldaña, me detuve junto al medio derruido edificio que albergó al Cine Victoria, cine de mi infancia y adolescencia en el que vi, muchas veces a hurtadillas, no pocas películas. Fue aquella, la de los años 50 del pasado siglo, una época en la que los dos cines que había en mi pueblo competían en estrenos, lo que posibilitaba ver una película de reciente proyección en Madrid.

A través de un desvencijado cuarterón de lo que en otro tiempo fue ventana, pude ver el patio de butacas y el gallinero, lugar en el que nos congregábamos la chiquillería cuando la película era tolerada para todos los públicos, o sea, “blanca”, como indicaba la censura, o a lo sumo “azul”. Cierto sentimiento de añoranza invadió mi mente. A mi memoria acudieron Marcelino pan y vino, Cita en Melbourne, El llanero solitario, la amplia gama de películas “del Oeste”… y las superprohibidas Mogambo, Las diabólicas o Lo que el viento se llevó, por citar algunas.

Mi amistad con Pompeyo -así se llamaba el operador o proyectista- me permitía acceder a la cabina de proyección y desde ella presenciar las que ni por asomo pensaba ver, y que de haber llegado a conocimiento de mis padres el que las había visto, le hubiera costado algún disgusto a mi amigo y algún pescozón y castigo a mí. Esa amistad con Pompeyo me permitió descubrir, aparte de contemplar las clasificadas con “3″·, “3R”, “4″, o “Gravemente peligrosa”, muchos de los secretos del montaje de las películas, de “los cortes”, de la censura… Así que cada vez que veo Cinema Paradiso, la maravillosa película de Giusseppe Tortnatore, la imagen de Philippe Noiret en el papel de proyectista me acerca el recuerdo de Pompeyo, y me veo identificado en la figura del pequeño Salvatore Cascio, sintiéndome como el niño Toto que él interpreta.

Guardo en mi memoria la imagen de aquel cine; la, para nosotros los niños, enorme pantalla que cubría toda una pared; las butacas de madera; los bancos corridos del gallinero, las pipas de girasol, la sesión continua, el programa doble, “la fila de los mancos”, el acomodador con linterna, la censura y los gritos de “cuadro, cuadro” cuando aquella obligaba a suprimir algún plano… y por supuesto a Natalie Wood, de quien me enamore perdidamente.

Sábado, 10 Noviembre, 2007 - Publicado por Pablo Saldaña | La opinión de Tomás Martín | | 4 comentarios

4 comentarios »

  1. No sé, me has recordado a una de mis películas favoritas “Cinema paradiso”.
    Un placer leer siempre Pablo.

    Comentario por Ángeles | Domingo, 11 Noviembre, 2007

  2. No tuve tanta intimidad con ninguno de los proyectistas de los dos cines, tres si contamos el del centro de las Juventudes Franquistas que exhibía una película cada quince días,aunque lo que describes me ha llevado a ver el ambiente de los cines que habité en mi infancia y pubertad… creo que todos los pueblos de estas tierras tuvieron un aroma y un color similar frente a aquellas enormes sábanas en la pared.
    Quizá en Santa Margarita, otro pueblo en el que pasaba un mes de mis vacaciones, el cine tenía algo de salvaje y atípico: en un corral vallado de altas paredes encaladas que te permitía mirar las estrellas cuando se quemaba un trozo de película…

    Comentario por Jeroni | Lunes, 12 Noviembre, 2007

  3. Sí, son recuerdos cercanos todavía. A mí me has traído la imagen de los cines de verano de mi época, con dobles sesiones de películas que ya contaban sus años, y un suelo de tierra lleno de cáscaras de pipas. Todo en esas noches malagueñas, aspirando el olor de los jazmines.

    Comentario por Pilar | Domingo, 18 Noviembre, 2007

  4. Coincido, Pablo con la opinión de Ängeles. Cinema Paradiso es una de mis películas preferidas. Mis recuerdos son de esos cines de barrio de Madrid, en los que nos veíamos dos películas por el precio de una. Cuando tocaba la hora de irnos, siempre pedíamos quedarnos un poquito más hasta volver a ver la escena que más nos había gustado.
    Algo que no olvidaré nunca es el ruido que hacían las ventanas del entonces “Cine de La Flor”, ahora “Conde Duque”, creo, cuando los acomodadores con un palo enorme las cerraban de golpe, una vez ventilada la sala. Era el “aire acondicionado de la época”.

    Comentario por Olga | Sábado, 24 Noviembre, 2007


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