Alenarte

Revista de actualidad cultural y artística

Textos Creativos de Esthela Santiago

 Palidez de Cirio  Por Esthela Santiago ( “Aletse”)

“Si te llena el alma de imposibles,

es que mi soledad viene a besarte.”

Para alguien como yo, llegar puntual puede ser desastroso: demasiado espacio para un sexto sentido. Para estos casos es mejor llegar a una hora discreta, casi inadvertible.

 

Al entrar, saludo con la cabeza a los que ya están en el salón, y busco un apartado lugar para sentarme. A cierta distancia la distingo, es ella, me digo, pues toda la atención se centra en su persona. Va llegando más gente, van dando el pésame y se van formando pequeños grupos. Todos hablan en voz baja, con expresiones circunspectas. Ofrecen café y acepto con gusto una taza con su humeante líquido. Con suerte más tarde estarán ofreciendo -con discreción- un tanto de licor, y hasta canapés, para aguantar la larga jornada que nos espera. A mi lado dos tipos hablan de negocios, en voz baja, tono que tienen que ir controlando, por lo que una y otra risa solo queda en su primera nota. Me les quedo viendo fijamente y callan. Me siento cómodo entre lamentos, quizá para desdibujar un poco los míos.  A mi izquierda hay dos ancianas sentadas en un largo sillón de cuero negro, viudas de seguro, afanosas en sus rezos y plegarias, como si estuvieran dando gracias a Dios de nos ser las elegidas de esta noche, o tal vez refunfuñando por todo lo contrario. ¿Cuándo se acaba la vida? ¿Cuándo uno se queda bien frío, o cuando se le congela el alma?

 

Entre Ave Marías y Padre Nuestros, hablan de la vida y milagros de difunto sin pudor alguno, y ante su indiscreción me siento incómodo.

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Una niña de unos cinco años, sentada entre ellas, se me queda mirando. Se parece a “ella”. Muy serio le saco la lengua y suelta una risita que trata de disimular con sus manos. La amonesta la que probablemente es su abuela, pero unos minutos después me regala una sonrisa con tal brillo que opaca el rubio de sus rizos.  Con tal inspiración, me levanto de mi cómodo observatorio para hacer lo propio. Me acerco a un hombre de mediana edad  -parado a cierta distancia del ataúd- que sin lágrimas en los ojos, su expresión es el llanto mismo. “Se nos fue todo un amigo…”, me aventuro a decirle ya que no lo conozco, posándole la mano en un hombro. “Como un hermano… como un hermano…”, me contesta, con cierto escalofrío. Espero los segundos suficientes para que sepa que comprendo, y luego tras unas cuántas palmadas sigo mi camino. Se habla de los temas más variados, como si hablar de la muerte que ahora nos convoca, fuera a invitarla descaradamente a quedarse con nosotros. Converso con algunos. Son personas cultas, su hablar refleja sus filosofías de goma, de esas que han masticado porque creen que está de moda, pero que no han digerido. Dos mujeres, guapas, de edad dudosa, cuchichean su coquetería al fondo del salón  mientras me miran, y pienso que la desvergüenza del rojo de sus labios desentona con la transparencia de la desolación que me nutre.

 

Voy por mi séptimo café,  desde el segundo ya con piquete, y han abundado los canapés. Pienso que quizá es hora de retirarme.

 

Pero la miro a ella, que ahora está sola, y sé que aún habiéndomelo prohibido, que está fuera de mi ética, nuestro encuentro es ineludible. Viste un elegante vestido negro, muy sencillo, y lleva el pelo suelto que le llega a la mitad de su esbelto y bien formado talle. Me acomodo la corbata,  pretendo un paso ligero -para unos huesos demasiado cansados-  y me dirijo a su encuentro. Nunca había visto viuda más desolada ante el féretro de su difunto, y me estremezco. Unas palabras de aliento ante tal escena es casi descortés, por lo que opto por ese abrazo que sin decir nada lo dice todo.  Ella se deja, casi desvanecida entre mis brazos. Su aroma de tristeza se mezcla con su Channel 5 -que me encanta-, el del carnaval de flores, y los solemnes cirios. Aspiro… Sé que este buquet de esencias es un póstumo homenaje para él, para otro, para el que ya no está, pero igual lo exhalo como mío.

 

Entre sollozos, más allá de lo que pueda decir la gente,  va dejando escapar ondeadas cálidas de desolación, y me vuelvo a estremecer, por lo que la abrazo con más precisión tratando de calmar un poco el estrépito de su alma. Siento, de pecho a pecho,  un dolor mutuo inexplicable,  de esos que acompañados pierden un poco su negrura. Una infinita calidez me invade por dentro. Beso su pelo suavemente, para que ella no lo note y no estropear su indefensura. Pero ella lo siente y levanta su cara para arrostrar su mirada con la mía. Me quedo paralizado al notar en sus pupilas un atisbo de duda, pero casi al instante le gana la pena que ahora la reviste, y me susurra un “gracias” dulce que, como muleta, le sostiene una leve sonrisa. La veo alejarse, y sé que será para siempre…

 

Ante tal revelación, rompo mi segunda regla y me acerco por primera vez al ataúd abierto, y lo miro. Irónico, pienso, el invitado principal, y no tiene vela en el entierro. Me permito odiar por unos segundos esos labios que la besaron, sus ojos que la contemplaron, y esas manos ahora inútiles que jamás fueron verdaderamente mis rivales. Me lo imagino erguido, prepotente ante su certeza de saberla suya. Le pienso una sonrisa irónica, firme, desafiante… Mas su palidez de cirio me recuerda la de ella, y caigo de bruces ante mi incordura. Es hora de echar mano de mi formula de escape, la indiferencia, y lo hago sin escrúpulos.

 

Me dirijo a la salida. No volteo a verla más. Está demasiado viva como para soportarla un segundo más a mi lado. Seré más precavido en el velorio de mañana  -como tantos antes a los que acudo a diario desde hace meses-, y los que siguen. Elegiré a los difuntos con mayor precaución, para que no sean tan intensos como este, Una cosa es tratar de evadir la soledad de una forma peculiar, y otra que me la restrieguen en la cara. Al salir, su aroma quedará en el olvido, y la imagen de su rostro se consumirá en mi memoria como los mismos cirios que mañana no serán más que cera derramada.  No sé su nombre, nunca lo sabré, y casi me importa poco… Pero miento, algo me dice que la chispa de esos ojos ajenos, y a la vez cómplices por un segundo, ha encendido por fin la mía.   Lástima que desde que me siento muerto, desde que murió Alicia, sólo los sentidos me quedan vivos, y que ante el primer rayo de sol, no soy más que esa cera esparcida.

 

(*Pintura, James Ensor: Las máscaras y la muerte)*

 

 

Asombro. Por  Esthela Santiago (“Aletse”)

He perfilado mis dudas por el sendero del asombro, que no quede huella de certeza alguna, asidero para esperanzas vanas. He depositado mi cuerpo en las fauces de noches sin luces, pletóricas en sensaciones acuáticas. Clepsidra que va dejando escapar, inevitable e ingrávida, cada gota de su aliento. No ha quedado prenda alguna que cubra este rubor intraducible.

Cuando llegue la albura de tu arribo, entontes sí podré colgar al sol todas mis sombras.

la-mujer-de-la-estrella-alberto-sanchez.jpg (Alberto Sánchez. La mujer de la Estrella)

 

 

 

Viernes, 9 Noviembre, 2007 - Publicado por alenar | Colaboraciones originales | | 1 comentario

1 comentario »

  1. Una alegría enorme el leer aquí a Aletse. Hermosa sorpresa, estupendos textos.

    Besos

    Comentario por Issa Martínez | Lunes, 24 Diciembre, 2007


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