Reconstrucción de la Luz. (Iasone Cañada, Jeroni Mira)
Azul por Iasone Cañada
“Poderosa la vida cuando encandila el quehacer del ser que ha elegido para realizarse“
Recreación de las manos por Jeroni Mira
“quizá sea el corazón lo que está dormido pero cuando me miro al espejo me veo sin manos.”
Escucho hoy los ecos de mi alma, como si hubiera vivido siglos, y a través de estos, en los que me reconozco, debiera resolver lo inacabado de tanto tiempo.
Mi alma se estira y alarga dolorosamente, porque no consigo escucharla… resuena tan suavemente que me parece perder su sonido al intentarlo.
Tener la certeza de que existe un camino por el que llegar a ella, no me facilita el conseguirlo, sino que me sume, inquieta, en un desordenado hacer y deshacer. Como si tuviera prisa. Como si estuviera perdiendo un tiempo precioso.
Y sé que lo estoy perdiendo y sé que es un momento precioso para mi vida.
Me recojo en el azul profundo, allá donde puedo percibir más intensa y libremente la melancolía de lo divino. Donde me siento en paz.
Recostada en su orilla, dejándome llevar por su ritmo y cadencia, busco la fisura de luz por la que llegar a mi alma. Magnífica quietud.
Poderosa la vida cuando encandila el quehacer del ser que ha elegido para realizarse. Poderosa cuando en el camino nos entrecruza con otros seres con quien compartirla.
Azul extendido casi hasta el infinito… ¡abrázame fuerte hoy!
Me siento frágil, tan cerca de la ternura, de todo aquello que al tocarlo me estremece, de la delicada y exquisita manera en que la vida se prende en mi alma.
En el eco ha quedado una sola voz. Abro los ojos al mundo, de nuevo, con la fuerza renovada, con el corazón abierto y tranquilo. Sin prisa.
Atardece suave en mi vida y mi alma salta feliz de saberse encontrada.
El sol va dejando los últimos rayos de luz en un horizonte que hoy, me ha devuelto la paz de ser quien soy. Doy gracias por tanta belleza, por el poderoso silencio del mar…
A
Z
U
L
Recreación de las manos por Jeroni Mira
( Jeroni Mira: Atardecer de Invierno)
En el arte, como en la vida misma, siempre hay dos opciones que distan desde el punto “A” al “B”; entre éstos hay un abanico amplio de elecciones que no son atractivas a artista alguno por su cariz desteñido y poco ácido-radical. Me equivoqué: la vida no te ofrece dos opciones y entre ellas campos, de luces y sombras a los que elegir, en los que aparcar y dejarlo todo de la forma y el color que a ti más te apetece, no, la vida te ofrece la opción de ser vivida: ojos abiertos y frente al viento, o ser negada ensortijándote en una calcárea concha de caracol (tiene relevancia el que la concha sea de mar o de tierra: los acordes en su interior son muy distintos, en mi caso me decanto por la de mar, con sus brisas y sus furias, con sus esmeraldas y azules infinitos, más sugerentes que los que ofrece el Cosmos en su macro proceso de expansión); la vida es un periplo, quizá allá está Ítaca, desde el momento que nacemos hacia y en la muerte, entendida como transformación; todos, quién puede negarlo, somos testigos de varias muertes a lo largo de nuestras existencias que no son sino un entrenamiento de la “gran muerte” que muchos iluminados, mujeres y hombres que alcanzaron la visión búdica (despertar en plena consciencia), denominan como la gran orgía, el orgasmo por excelencia; para ello, claro está, se afirman ellos en la necesidad de superar el miedo a lo desconocido y enfrentarse cara a cara, sin resistencia, a lo que como el nacer es lo único que es poseedor de la suficiente trascendencia como para amilanar al más osado.
Por supuesto que lo anterior es puro sacrilegio en una sociedad que pretende maquillar y esconder algo tan natural como es el morir (me fascina, aún hoy desde el no desconocimiento, el pensamiento oriental, dígase hindú, yóguico, budista, taoísta, zen, tan distante en modo, forma y fondo, de afrontar un mismo hecho) ; hoy, muy avanzado este otoño en el cual, como cada año, podemos comprobar que, al igual que otras estaciones del año, se sabe vestir de los más indescriptibles colores, ornar con sus mejores galas antes de exhalar en el blanco silencio del invierno, escondiendo en el engaño de su sueño la semilla que rebrotará, que renacerá, que será una nueva sinfonía in crescendo hacia la prima dona que es promesa de un nuevo eclosionar; hoy, como iba diciendo, noto una segunda piel, una piel que es mestiza, un remover de raíces bajo estas ramas que son mis manos, desde estas muñecas, palma-envés, falanges-dedos, yemas-tacto; este temblor, redoble de tambor, que nace en las yugulares hasta alcanzar los hombros y expandirse por brazos y antebrazos pidiendo, silenciosos gritos, el fluir, mediante la magia de estas bisagras que son las muñecas, por manos y dedos. Estas asesinadas, adormecidas manos piden reverdecer ahora que toca a sus puertas el invierno de un año, el invierno de una vida; no sé si hallaré en mi interior el registro adecuado para, beso mágico de cuento de hadas, conferirles la fuerza y la destreza, algo que tuvieron siempre, de crear en la destrucción-transformación; pero quizá sea el corazón lo que está dormido, quizá sea la mente, quizá otra parte de mi, pero cuando me miro al espejo me veo sin manos y, en otras ocasiones, sin pies; quizá uno no está, como el mismo acto de crear, más que en las manos del azar; es casi imposible saber lo que ocurre desde el instante en que te plantas frente a una hoja o tela en blanco hasta que decides que el “acto” ha acabado, quién o qué decide que el acto de amar sea concebido con la caricia “X” y termine con la caricia “Y”, y los dos, crear y amar, son detonaciones en la vida de lo vital de la misma muerte.




Sé de muchos azules, Iasone,tantos que se convierten en amarillos, naranjas, increíbles violetas… me ha agradado tu descripción.
El comentario, viniendo de ti, es un regalo. Preciosos los cuadros y colores que nos ofreces en estas páginas y que acompañan tus escritos, que le dejan a una reflexionando…un privilegio compartir contigo este rincón de la revista…
Hoy el sol lo ilumina todo, incluido este abrazo para ti, Iasone