Silencios
Tomás Martín, 10-09-07
“Escribir es vivir”, dice el profesor José Luis Sampedro. Y escribir contracorriente es como morir un poco, afirmo yo desde esta atalaya de escribidor aficionado que me brinda quincenalmente la editora de ALENARTE. Y también desde esta atalaya suelo otear el páramo de la política nacional, quizá a contraestilo en un espacio que habla de literatura y de arte, lo que les habrá llevado a ustedes a pensar qué hago yo aquí usurpando el lugar que debería ocupar alguien preocupado y ocupado en estas materias.
Sí, me gusta escribir contracorriente, escarbar en la historia de este país, historia que por desconocida es ignorada por unos y arrinconada por otros. Sucede con la memoria histórica, con la Transición, con la resucitada idea de las dos Españas; con los nacionalismos, central y periféricos; con la inmigración; sucede con mi generación, mitad aburguesada, mitad costumbrista, una generación hastiada, cansada, agotada, contagiada quizá por melancólico texto que Araceli García dejó aquí hace unos días, Palabras inútiles, con estos tan rotundos como significativos vocablos: supervivencia, huida, cansancio.
No era este el texto previsto para hoy, para un lunes de septiembre con el verano anímico caduco esperando la llegada del otoño. El previsto versaba sobre convicciones, creencias, mitos, simbología de banderas e himnos y cómplices silencios aburguesados, guardados a conciencia por aquello del no molestar, por aquello del “no va conmigo”. La culpa es de Enrique Vila Matas y su entrevista concedida al diario El País, donde esta su contundente frase me obligó a cambiar el discurso: “Soy un explorador de mi propio abismo” Y yo me pregunto hasta donde uno explora su propio abismo en esta sociedad que convierte en reality show la desaparición de una niña inglesa en tierras portuguesas, alimentándose del morbo que le sirven en directo algunas cadenas de televisión. En la entrevista a Vila Matas, el periodista pregunta: “La vida cultural y artística es definida como ‘una carrera enloquecida hacia la nada’…”, pregunta a la que el escritor responde: “El arte también da sentido a la vida… Aquí lo preocupante es la ausencia de pensamiento y de que no se escucha a la intelligentsia desde hace un siglo, cuya voz no es tomada en consideración por nadie. A nadie hoy le interesa que le expliquen las cosas que no comprende o sabe. De ahí su ausencia”. “¿Quién es el culpable?”, insiste el periodista. La respuesta es contundente: “El poder. Y esas clases sociales que son víctimas del poder y de esa educación nula que se hace desde arriba para dar seres nulos que tampoco, claro, están interesadas en la palabra de la persona que piensa. Todo eso conduce a los intelectuales a ser muy minoritarios y a algunos a intentar aventuras como las plataformas políticas para escapar de su nulo papel como intelectuales, pero son aventuras condenadas al fracaso. Por eso esta ausencia de élites intelectuales que dirijan los países”. Prosigue el entrevistador: “O, quizá, porque tampoco hay tantos intelectuales que sepan leer bien el mundo de hoy”. Concluye el entrevistado: “Eso es más resultado de que se ha separado, desde hace un siglo, poder y pensamiento. Eso conduce hacia la nada, es la nada misma”.
Reflexiono sobre lo afirmado por Vila Matas y lo hago aquí, en una revista literaria. Viene a mi memoria La inteligencia fracasada, de Eduardo Marina, y no puedo por menos que acordarme de “las sociedades inteligentes” y “las sociedades estúpidas”. Y ahora viene la gran pregunta: A la vista de los acontecimientos, ¿en que tipo de sociedad ubicamos a la española? La portada de muchos periódicos y la cabecera de cualquier informativo de las televisiones que baten records de audiencia con la tele basura, pueden sacarnos de dudas. Son suficientemente elocuentes.



