Bailar en Aveiro, mirar en Cuba, escuchar en Madrid…
Parece que fue ayer cuando nacimos, y llevamos ya unos cuantos meses dale que te pego al intento de divertirnos hablando de cosas tan “serias” como el arte…
Nosotros nos lo pasamos en grande, quizá porque para los que escriben o aparecen en estas páginas el arte, la creación puede ser riguroso, y a la vez muy divertido.
Estamos creciendo; no solo en número de visitantes (a los que cualquier día regalamos un jamón) sino en interés de la gente que nos lee por lo que hacemos, y en algo muy importante también: en interés nuestro por hacerlo cada vez un poco mejor para que ustedes se diviertan tanto como nosotros.
Nos gusta compartir con ustedes lecturas, mostrarles la magnífica gente desconocida que hace cosas preciosas, y que, probablemente, nunca tenga una difusión de “Artistafamoso” (todo junto). No queremos ser eso. Queremos pasarlo bien y que lo compartan.
Y en este número once, crecemos en Secciones. Ustedes no me creen cuando les digo que este otoño traerá novedades…nada -pensarían- un brindis al sol, para que volvamos.
Pues va a ser que sí. Digo que no. Quiero decir que no era un brindis al sol, y que sí que hay novedades, caramba, que a estas alturas ya me lío…
Pueden preparar la butaca – gratis- de Cine, porque desde este número y hasta que la atizemos con un gorrito de terciopelo en la cabeza, o nos sacuda con un soplo de viento polar en el cogote, para llevar nuestro Cinema Alenarte, hemos engañado a Maria Ángeles Cantalapiedra. Dice que le gusta el cine y que se apunta a un bombardeo…ella sabrá…
Y bueno, dirán ustedes que y las “actualidades varias”…pues verán criaturas, nos vamos a Aveiro a un espectáculo de danza, a Cuba a ver una exposición y a Madrid a que nos den la murga, digo a escuchar un concierto al aire libre.
¿Se vienen?…
Pues teclita…
Ponga “un final feliz” en su vida…
Se planteó entre varios escritores un debate a cuenta de un escrito en el que alguien preguntó si no era posible escribir un “final feliz”.
Alenarte consideró oportuno plantear las siguientes preguntas a un grupo de creadores, tanto de narraciones, como de cuentos, novela o poesía.
”Qué es eso de un “final feliz” en una narración para vosotros, si es que existe; y si pensáis que escribir un ”final feliz” es lícito literariamente, o se traiciona la verosimilitud… ¿Existe de verdad lo que llamamos Un final feliz en literatura, es lícito, es un engaño literario, es verosímil?…”
Estas fueron las respuestas de un diálogo enriquecedor y, a menudo divertido.
Adalberto Beca.
Sobre todo está la libertad del autor. Eso se debe respetar. Pero la vida no es color de rosa, los matices son varios, como varios los gustos de las personas.
Ocurre (pienso en gran medida), que Hollywood nos acostumbró a los finales felices.
Se de directores argentinos que tuvieron la posibilidad de filmar allí y no lo hicieron porque el final del film lo “acomodan” ellos.
De todas maneras, el lector es el que tiene la última palabra.
Por último, creo que es lícito literariamente escribir un “final feliz”, no veo traición en eso.
–
Lola Bertrand
No existen los finales felices, puedes terminar en un “instante feliz” pero si sigues adelante te vas a encontrar con la muerte, a mí me gusta que mueran mis protagonistas; ”los buenos y los malos”, pero especialmente los buenos…Y, al menos en el final yo soy mi personaje.
Borja de Diego Lozano.
Se han puesto de moda los finales felices. Tras un tiroteo, una persecución en coche y muchos tiros, el nene guapo consigue saltar del barco del terror o salir ileso de la base de los malos. La gente aplaude y yo, en el cine, me aburro. Tal vez por eso vibré de verdad con “Salvador” o me guste tanto Scorsese (¿soy el único en este país al que le gustó “Infiltrados”?.
Pero, los finales felices, para empezar, son tópicos. Y los tópicos cansan. Aburren mucho, porque sabes cómo va a acabar todo. Y lo que es la intriga, se la carga del tirón.
Luego, son facilones. Porque la vida no es fácil, ni nada es fácil, y todo acaba en tragedia (nos morimos). Por lo menos. Y un personaje, que tiene menos vida que nosotros, no puede acabar mejor que un ser de carne y hueso. Y al que encima, no han creado con un cacho de lápiz.
Por último, voy a joder el final de una película de Robin Williams cuyo título no recuerdo, pero que iba de un judío en un campo de concentración que para subir la moral de sus compañeros dice que tiene una radio y escucha cada noche cómo ganan las batallas los americanos. Y que por supuesto, es mentira. El caso es que la mentira del judío se descubre como a mitad de la película y, al final, los meten a todos en un camión y se los llevan a dios sabe dónde. Y dice Robin que ahí podría acabar la historia, pero que también podría ser que ese camión se encontrara con los ejércitos rusos que habían iniciado la carrera hacia Berlín, que se hubieran apoderado de él y liberado a los presos judíos.
¿Por qué todo esto? Porque si la princesa se casa con el príncipe encantador, se limpian los calzoncillos durante treinta años, follan hasta que se les acaba la magia y acaban cogiéndose amor de sapo. Y se divorcian, y luego se pelean por la casa, el coche, los niños y hasta la mierda del suelo.
Sin embargo, un final en que un chico espera para siempre en una estación a una chica, o dos se despiden, o alguien desaparece bajo la ira de una tormenta da lugar a la expectación de verdad. Aquí la historia se muere, se cae por un barranco. Y ahora no sabemos qué será del pobre Jack, o la pequeña Sally, o el intrépido Billy. Puede que vuelvan a encontrarse, alguien vuelve a casa, alguien perdona a alguien. La historia sigue aún después de muerta. Resucita sin sacarla del sepulcro. Y eso, a mí me anima de verdad. Y me hace creer en la literatura.
Luci Garcés
Tú puedes escribir el final que desees, y como es tu obra pues es así como debe quedar. Pero el lector es el que objeta y cambia, mientras lee el final, o cuando recapacita sobre él, según sus gustos.
Belén Pérez de Prado
Si por final feliz se entiende “y fueron felices y comieron perdices”, pues va a ser que no.
Finales felices preguntas; Finales Reales contesto (con toda su compleja sencillez o su sencilla complejidad).
Yo creo que a través de lo que escribimos tenemos justamente la ocasión de cuestionar, remover, tocar temas para que el presunto lector se pregunte, se indague, se cuestione, abra ojos a realidades nuevas, amplíe horizontes.
Creo en el papel testimonial de lo escrito, me gusta mucho cuando en un escrito leo la responsabilidad del Yo, o como mucho un ella/él impersonal en el que poder identificarme.
Me gustan los escritos cortos, en primera persona, directos, con finales abiertos o cerrados, finales con matices agridulces ,finales que me cuestionan o ratifican elecciones. Me gusta cuando el autor se deja ver entre las líneas, me parece una maravilla poder contar con el lujo de que alguien hable de cómo percibe el mundo, el propio y el de los demás desde sí mismo y sin caer en el desahogo de contar el novelón. Si se me “cae” el autor, si con sus hechos desdice lo escrito, me cuesta muchísimo levantar su obra.”
Emma Rodríguez
Yo pienso que en el momento que construimos un personaje y le dotamos de vida, sentimientos, ideas (con mejor o peor acierto, por supuesto, eso depende de la pericia del autor) características etc., hay que dejarle que sea él mismo el que desarrolle su historia, nosotros somos sólo el instrumento imprescindible para que siga existiendo, pero no nos podemos empeñar en que haga esto o aquello porque la historia puede perder credibilidad. Es como la vida misma, una se propone una cosa pero no siempre se puede llevar a cabo la propuesta.
Con los personajes pasa lo mismo hay que dejarles libres, una vez que te los has inventado ya no hablas tu, hablan ellos por sí mismos y hay que dejarlos escoger y que se hagan dueños de su destino. Entonces partiendo de eso, lo que para mí puede ser un final puede no serlo para los personajes, o para el protagonista, o para la misma historia, en cambio si el personaje quiere morirse a toda costa, no sé, por ejemplo porque tiene una enfermedad y sabe que va a sufrir mucho y prefiere morirse antes de que llegue la decadencia final y los terribles dolores, pues a lo mejor para el escritor o lector un final feliz podría ser una especie de milagro que de repente se estancara por el invento de una nueva medicina. Sin embargo para el personaje que ya no quiere vivir el suicidio o un simple accidente mortal para él podría ser el mejor final, o sea, el más feliz de los finales.
“Toda la belleza del mundo” ó sus transgresiones.
Hay un libro de Jaroslav Seifert que se titula “Toda la belleza del mundo“, y que habla, entre otras muchas cosas, de la belleza como forma de entender lo que nos rodea, incluyendo en ella lo que habitualmente consideramos feo. Es decir, Seifert no escribe un libro reductor de las miserias que padece y que observa; al contrario, casi podríamos decir que las disecciona, pero a la vez, cuando contempla incide en la necesidad de querer lo bello como actitud. De meterse dentro de la piel de lo miserable para intentar cambiarlo, de la transformación que puede sufrir nuestro entorno por nuestras acciones.
De la pobreza y de la injusticia que supone, de la miseria y del cómo ser no compasivo sino radicalmente opositor. Del cómo transgredir la norma para inventar otra manera de actuar.
Y en todo ese transitar de Seifert, mientras va dibujándonos su entorno, sus reflexiones, sus propuestas, hay también un impulso como martilleando el libro; el impulso hacia la belleza. Y a raíz de su relectura, se me ha ocurrido preguntarme qué libros hay en común con el de Seifert; es decir, qué tipo de libros son tan radicalmente apostadores por la apuesta hacia lo claro, hacia la nitidez, hacia la transformación del habitat para que lo sea, hacia otro tipo de patria común al ser humano.
Porque hay libros que no poseen esa claridad, esa nitidez, esa sensación de que la inquietud que crean es sana, es necesaria. Existen libros oscuros, igual que existen seres oscuros, libros que intimidan, libros que amonestan, libros que advierten, que prohiben, que admonizan. Igual que hay seres opacos, seres sin nitidez, seres en sombra.
Y no vale confundirse, no. No sirve la confusión de pensar que lo que se pide son libros “dóciles”; los libros dóciles son precisamente aquellos que no transgreden, que se conforman, que se autoalimentan de optimismo, de avestrucismo, de barro..
¿Qué libros existen hoy que tengan esa radicalidad de pedir lo imposible, como la belleza, como la justicia, como la paz, como el pan?…
Dejo aquí la pregunta en el aire, mientras los busco: para ir encontrando toda la belleza del mundo dentro de lo informe de una tierra tan extraña.
Textos creativos de Araceli García López, Hugo González Gámez
Palabras inútiles. Por Araceli García López.
Oculto en el límite del enmarañado bosque donde no hay caminos ni guías, el lobo espera a la serpiente y ya no sé cual de los dos me asusta más.
Riñen mis miedos, me dominan, creciendo en racimos que no maduran hasta caer, permanecen verdes, tiesos, mamando recelos y sospechas.
Sobre la piedra umbría afilo estrategias y preguntas; avanzo y retrocedo hasta acurrucarme dócil en la caverna donde habitan los imposibles.
Mientras, coso el viento cálido del verano que se extingue a mi vestido de palabras inútiles, mojadas por el duelo y los vestigios de mi antaño sosegado existir, hoy casi agonizante.
Las cuento a media voz, pero sólo la última me abraza.
Tres:
Agonía
Albor
Supervivencia
Dos:
Vuelo
Huída
Una:
CANSANCIO.
El Indio. Por: Hugo González-Gámez
Siempre había yo tenido la inclinación de verlo, porque en realidad era hermosamente raro, sin embargo, nunca podía hacerlo por mucho tiempo porque él inmediatamente sentía mi mirada posada sobre los rasgos menos comunes de su rostro.
De repente y sin avisar, cuando menos hubiésemos esperado que ocurriera, se le ocurrió morirse. Estábamos todos en el automóvil del Andresito y nos dimos cuenta porque al pasar por un tramo irregular de camino, su cabeza se fue balanceando a la altura de sus hombros con un rítmico y enfermizo golpeteo que acabó por romperle los huesos del pescuezo. Párate, le dije al Andresito, que ya se nos murió el indio. Lo más extraño de todo era que el indio era el único que no había sido golpeado o baleado de los cuatro. De hecho él había sido quien había estado parloteando sin cesar para que no nos fuéramos a dormir pues, según sus creencias de la tribu, es sabido que los heridos que se adormilan tienden involuntariamente sus manos para que la muerte les llegue más pronto. Así, después de tanto platicar sobre lo que nos había pasado ese día y de cómo pronto volveríamos para romperles sus piernas a los que nos habían emboscado, un silencio de carretera nos envolvió hasta que al indio se le vino la idea de entregar el alma.
Fue hasta entonces que nuestra determinación se derrumbó. El Marinito, que venía echado en el asiento del copiloto herido de dos balas en la ingle, comenzó a soltar todos los gritos de dolor que se había venido aguantando desde hacía más de dos horas de carretera. El Andresito se atacó de renqueos al volante, como si el sueño y todas las botellas de mezcal que se había tomado en la semana al fin le estuvieran arrebatando la visión. Y yo, que había sido el más intranquilo de todos -volteando insistentemente hacia atrás para asegurarme de que nadie nos siguiese-, de pronto me encontré en un estado de plácida resignación y me quedé observando al indio como estupefacto admirador de la belleza de las especies paradójicas de la Tierra.
Se le veía rojo, con su mentón toscamente aparatoso y sus pómulos encumbrados hasta los párpados, todo seco y cuarteado de su piel, pero en aparente paz una vez que me las ingenié para ajustarle la cabeza al asiento con el cinturón de seguridad. Su largo y negro cabello reflejaba la luz del desierto y sus abiertos ojos me fragmentaban el alma en esferas de humedad cactácea. Así, a sabiendas de que el Andresito no detendría el auto hasta que llegáramos a nuestro destino aunque fuera lo último que hiciéramos en nuestras vidas, desahogadamente y sin reservas me dediqué a contemplar al indio por la eternidad completa de nuestro último viaje en franca huída.



