Brossa, Rusiñol y una Bienal a dúo
En este mosaico noticiero (ha quedado magnífica la frase) os hablamos de dos exposiciones, un nuevo portal internáutico y una Bienal de Arte. Cosas todas dignas de merecer estar en este número tres de esta Revista que, no es por darnos bombo, no ha tenido mal recibimiento. Y como si hemos llegado hasta aquí ya no nos podemos ir (estaría feo), vamos con lo que vamos sin más rollo.
¡Je, toro, toro je!- Tomás Martín.
Da aquí comienzo una nueva Sección en nuestra Revista. Sección que saldrá con la regularidad periódica que su autor quiera, porque para eso es el autor quien es.
Desde Palencia: Tomás Martín.
¿Le gustan a usted los toros? Mejor dicho, ¿su lidia? ¿Detesta la mal llamada Fiesta Nacional? Pase, entre sin llamar y acomódose en el tendido. Están a punto de sonar clarines y timbales. Va a comenzar el paseíllo.
Los toreros vestidos de luces, uno de grana y oro; de cobalto y oro blanco otro; de tabaco y oro el tercero. Detrás su corte de subalternos y el personal de plaza. El ritual camino del palco para saludar al presidente del festejo. Señal de la cruz, que Dios reparta suerte, riguroso orden de antigüedad, torería, garbo… toda una simbología de la tauromaquia comenzando tan singular desfile entre música y aplausos.
El torilero descorre el cerrojo de la puerta de toriles. Al fondo, la oscuridad; en la Plaza, el silencio, la expectación, el rumor… En el burladero el torero, pensativo, impaciente, ¿imagen del miedo? Sale el toro, bello, musculado, retador… Lleva por pitones dos leznas de zapatero, afiladas, terroríficas, desafiantes… Sale el torero de su escondite y se abre de capa. El toro acude presto, ruge, sopla, se come la tela en la que le embebe el torero. Surge el ole mientras el diestro dibuja verónicas, por un pitón, por el otro… La fiera está en los medios tras la media belmontina, ceñida, prodigiosa, de cartel…
De nuevo suena el clarín, y el timbal acompaña con un redoble seco. Comparecen los picadores: uno, en sentido contrario a las agujas del reloj, cabalga hacia toriles; el otro, dirige la brida camino de la contraquerencia, allí donde el toro debe demostrar su bravura. Es la hora de la sangre, del castigo, de la entrega, de la palea… Si rehuye ésta, el toro es manso; si mete la cabeza bajo el caballo y aprieta con todas sus fuerzas, el toro es bravo. La hora de la sangre, decía. El toro sangra: le han roto los músculos tensores para que humille en su embestida. Ha comenzado la parte cruenta y a la vez la más bella de la corrida si se ejecuta a ley, si no se abusa de la noble condición del bravo animal o del comportamiento brusco del manso. Hombre armado de puya y toro frente a frente. Inteligencia contra instinto. Cae la sangre del toro desde el morrillo a la pezuña coagulándose en su discurrir. Es el precio del pasaporte a la gloria a través de la muerte.
El mayoral ha tomado notas: la forma de embestir del toro, las veces que ha acudido al caballo, su comportamiento en la desigual lucha… Todo queda escrito en una pequeña libreta. Es el evangelio de la ganadería, el seguimiento de la reata, el matadero o el ruedo como destino, el cambio de planes, el cruce de aquel semental con este u otro lote de vacas… Son los secretos del ganadero, la fórmula de la bravura que unas veces da resultado y otras no. Es la sempiterna apuesta por el triunfo que en ocasiones se torna en fracaso.
Redobla de nuevo el timbal y suena el clarín. El torero observa atento desde la bocana del burladero. Es la hora de las banderillas. Hay que comprobar cómo reacciona el toro tras el tercio de varas, cómo ha quedado su envestida tras el castigo sufrido. El banderillero lleva los rehiletes en la mano, gesticula, llama al toro: “je toro, toro je”. Toro y banderillero se aproximan, se encuentran… aquel lanzado en su acometida, este burlándola para clavar arribar el engalanado arpón en apenas un instante, asomándose al balcón de la tragedia, buscando la aprobación del torero, la ovación del respetable, el saludo posterior…
Silencio en la Plaza. Pañuelo blanco en el palco anunciando el tercio de muerte. Ritual en el callejón: el mozo de espadas le entrega los trastos al maestro que, montera en mano, se dirige a solicitar el permiso del presidente: “Con su permiso, señor presidente”, exclama respetuoso el diestro. Y desde el centro del ruedo brinda su triunfo al respetable con un “va por ustedes” sin alharacas, serio, torero… como debe ser. Junto a las tablas le espera el toro, fiel imagen del perdedor tras la cruenta y desigual pelea mantenida. Y a partir de aquí… el triunfo o el fracaso, la emoción o el tedio, la alegría o el desencanto. Es la hora del arte, de la plasticidad, de la ética y la estética, del sentimiento, del hombre y la fiera entregados a una batalla sin igual.
Y llega la hora de la verdad, del triunfo de la inteligencia sobre el instinto. El toro va a morir y lo sabe. Se cruzan miradas toro y torero. ¡Ay la mirada del toro! Cautivadora, seductora, profunda, triste, retadora… No hay nada que me emocione tanto como la mirada del toro en la antesala de la muerte. Es entonces cuando acude la zozobra a mi mente y a mi alma a contemplar el debate entre la vida y la muerte, entre lo sanguinario y lo sangriento, entre lo actual y lo anacrónico… Es la historia de este espectáculo sin igual, del tantas veces incomprensible e inexplicable arte de lidiar toros, arte al que debemos la existencia de uno de los animales más bellos del mundo.
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