Haikus y Sainetes
Haikus en Salou.
La poesía es habitualmente algo que ni se lee ni se compra. Habría que matizar diciendo que se compra (aunque no se lea y decore los estantes) la poesía de los presuntos poetas que cuando editan ya salen al mercado con la cifra de ventas bajo el brazo. Por eso, escribir poesía y cometer la osadía de publicarla para quien no tiene “padrinos” culturales es un enorme acto de transgresión y además un suicidio consentido para el libro que se publica.Y todavía si el libro que se edita y se presenta fuese un libro “tipo”…es decir, un alegato en contra de algo, o un furibundísimo lamento de amor, o un reconcentrarse en la “incomunicación social que nos aqueja” – cosas estas todas de muy buen ver-, pues tendría más compradores que al menos podrían presumir de eso que ahora se llama “contracultura”.Es sensacional y maravilloso subirse al carro de algo para poder vender más libros; si uno va de contracultural vende seguro. Si uno simplemente escribe, le dicen que porqué no hace cosas prácticas… El caso es que Montse Grao ha presentado y publicado un libro que no es contracultural, que será minoritario porque Montse no se va a dedicar a dorar ninguna píldora a ningún padrino con editorial en ranking de ventas, y porque para que se empiece a leer a quien escribe muy bien, como es su caso, hace falta menos mamoneo y más decencia en los canales de distribución.Su libro es un libro de Haikus. Un haiku es una estructura métrica de tres versos de cinco siete y cinco sílabas. Sus orígenes a pesar de todas las manías por datarlo son algo inciertos pero se puede afirmar que nos llegan del Haikai japonés Aunque el tema principal, más típico del haiku es la naturaleza, también hay haikus sobre la vida cotidiana, el amor, la incomunicación… ![]()
El libro de Montse Grao relata a través de esta estructura el paso de un verano en Salou. Dicho así puede ser sonar nimio. Pero la autora expresa en ese paso, en ese detenerse suyo ante las cosas todo el temblor de un instante fugitivo que ella apresa.
Nos regala paisaje, sentimientos, vida, dibujos, tornasoles, esperanzas, miradas, en cada poema de tres versos. Como un retratista del estío; como si su escritura fuera un dibujo silueteado en tonos suaves para no olvidar, añadiendo a muchos de los poemas fotografías de su autoría que acompañan y completan lo dicho.
Y por eso el título Desde el mar en el mar es una ventana que abre, un mirador, un balcón.
Una bella edición de una editorial zaragozana (Uriol) que lo ha querido publicar, para alegría de quienes nos gusta la poesía bien hecha y pasamos de superventas y olé.
Puro Teatro.
Ir a ver representar los Sainetes de Ramón de la Cruz hace pensar de entrada en una serie de textos clásicos, dichos en verso o en prosa, por actores con peluca. Esto conlleva el riesgo de pensar que si no te atrae esencialmente el teatro clásico te vas a aburrir.
Y eso sería verdad si no estuviera por medio un enamorado del juego escénico como parece ser Ernesto Caballero.
Yo no sé si Ramón de la Cruz se pudo imaginar alguna vez que sus sainetes iban a servir para montar una traca tal de carcajadas, ternura y delicadezas como monta el director de la obra gracias a que debe pensar que el teatro es un juego ilusionista donde el espectador también existe.
Hay que agradecerle a Ernesto Caballero que haya resucitado algo que parecía olvidado; la magia teatral, el sueño de la existencia más allá de la obra, la percepción del espectador como cómplice, el gusto por la mezcla de la irrealidad y la realidad, el juego entre lo percibido y lo insinuado, en suma la creencia en que escenario somos todos.
Si a todo eso se le añaden violines, cantos, trucos escénicos que mira que es difícil que los “directores serios” se mojen en este extremo, complicidad y belleza, resulta que lo de menos son los cuatro sainetes del autor y lo de más, la sensación al salir del allí de que ni una sola de las funciones es igual que la del otro día, que en todas habrá algo que sea distinto, que cada vez que se abra el telón, la “compañía” que está esperando para representar al autor que no llega, inventará algo nuevo llamado Teatro.
Alena. Collar.



